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Diario Córdoba

María Olmo

LA RUEDA

María Olmo

Meadas callejeras

Disculpen la grosería, pero... ¿qué otro nombre ponerles? Le vengo dando vueltas al concepto de meada callejera desde la pasada Semana Santa. Una sevillana me contó que, como el Ayuntamiento obligaba a cerrar los bares a la una de la madrugada, se formaban, entre paso y paso, civilizadas colas para orinar en los callejones y en las paredes detrás de los coches. Y no a cargo del chavalerío botellónico, sino de personas de todas las edades, algunas muy arregladas, que se daban educadamente la vez (¿quién es la última?). Mi amiga me explicó que en la Madrugá, con todos los respetos, salió con falda por si acaso, que es más fácil de manejar que los pantalones a la hora de acuclillarse. Los varones no tienen ese problema. Así que imaginen cómo apestarían determinadas zonas señeras de Sevilla cuando el sol de la primavera calentase los fluidos ácidos, y todo, básicamente, porque el Ayuntamiento de Sevilla prefiere perseguir a la hostelería nocturna en lugar de afrontar el fenómeno del botellón. Dónde va a parar, es más barato y lucido. Así que cerró los bares y todos a descargarse (y a beber) a la vía. (Supongo que habría de esos urinarios portátiles, pero hay que ser valiente para usarlos cuando te han precedido cien personas).

Pues tenía el asunto casi olvidado cuando leí en este periódico lo de las multas que ha impuesto la Policía Local de Córdoba por orinar al aire libre durante las Cruces, y especialmente tras disfrutar un artículo de Juan Niza en el que explicaba la «ciencia y teoría» de las vomitonas en su calle, también en relación con las Cruces y sus efectos etílicos, que llevan a los más jóvenes a ir arrojando intempestivamente el contenido de sus estómagos por la vía pública. Item más: un buen amigo relata el horror de noches en las que, además del jaleo, los vecinos de Burell descubrieron que su calle es el cuarto de baño oficial de la gente que deambula por los saraos cercanos. Tiene imágenes grabadas, pero le da vergüenza difundirlas. Otro lugar de paso, estrecho y bonito, convertido en un mingitorio apestoso y una tortura para sus habitantes.

Y, puestos a referir, traigo a colación al vecino de mi calle que en la Semana Santa del 2020, con toditos encerrados en nuestras casas, puso unas marchas procesionales un día a media mañana (obsérvese la hora) para deleitar al vecindario. A la media hora estaba la Policía Local apercibiéndole, ya que alguien de la zona se había dado por ofendido. El joven quitó la música y ya está. Ahora, con la nueva normalidad, su familia ha vuelto a disfrutar casi todos los fines de semana de esa bulla en las calles que no deja dormir hasta las tantas de la madrugada y de las meadas nocturnas en el hueco de su cochera, amén de las reuniones de chicas y chicos charlando a gritos sentados en el escalón de su portal. Por no hablar de alguna que otra pelea. Muy normal todo.

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