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Miguel Ranchal

¡Mucha mierda!

La transparencia es un marcador esencial de la salud democrática de una nación

Dejando a un lado la agüita amarilla de Pablo Carbonell, y el monstruo que se crea al lanzar las toallitas por el inodoro, la depuración de aguas residuales da para muchas parábolas. Sin entrar en tecnicismos de fase óxica y anóxica, una depuradora se estructura en una línea de aguas y una línea de fangos. Una visión razonablemente profana llevaría a pensar que el objeto de estas instalaciones sería dejar nique todo el efluente que entrase y que en sus reactores biológicos pudieses reflejarte como un Narciso. Timbrazo de error, porque la biota presente en el licor mezcla es capital en ese proceso de filtración, y la transparencia en esa fase ingrata caparía el objetivo de retornar a la naturaleza un agua de calidad.

Lo dicho, la ingratitud de las cloacas, los bajos fondos que hipócritamente despreciamos para afianzar uno de los soportes de nuestro bienestar. Es sabia la polisemia del trono porque sentarse es un atributo de poder; y tirar de la cadena, la releche, un sistema que domeña las cacas y nos hace mirar por encima del hombro el pretérito del ¡agua va!, por mucho que se cruzase de por medio incluso un Siglo de Oro. Bien está abjurar de los infames resortes del poder, aquellos que enlazan a Torquemada con la Secreta de Billy el Niño, o no le ríe las gracias a la maquiavélica actualización de Kissinger, cuando en su patio sudamericano se permitía decir a los dictadores de turno que es un hijoputa, pero es nuestro hijoputa. Pero no se pueden demonizar gratuitamente las cloacas del Estado. Por supuesto que la transparencia es un marcador esencial de la salud democrática de una nación; también lo es esa discreción que genera credibilidad y ayuda a contener la hemorragia de una visión excesivamente naif entre los pueblos. Sin un buen engranaje de los servicios secretos no hubiesen aflorado los papeles de Bidart y ETA no habría sido derrotada.

Por eso es plausible el verso suelto de la ministra Robles, aunque produjese resquemores en la bancada socialista. Una estrategia política no se desbarata, sino que se puntualiza recalcando, como en las depuradoras, la preceptiva eficacia de esa franja de opacidad. Ayer se contraprogramaron los fastos de la señora Ayuso para anunciar que también estaban pinchados los móviles del presidente y de la titular de la cartera de Defensa: la catarsis de que antes no eras nadie si no salías en el ‘¡Hola!’. Y hoy, si no está infestado por Pegasus. Señalarse víctima para bajar el soufflé de la rabieta de los independientes. Quizá un poco tarde, porque para aplacar su ira ya han entrado en la Comisión de Secretos Oficiales. Me imagino a Mertxe Aizpurua, portavoz de Bildu en el Congreso, tomando un chacolí en una Herriko Taberna, haciéndose la interesante con los secretitos de Estado, relamiéndose en una sibilina discreción mientras sus colegas abertzales intentan sonsacarle. Estos movimientos debilitan nuestro crédito con otros Servicios Secretos y acortan los minutos en el ensoñado encuentro de Sánchez con Biden en la cumbre de la OTAN de Madrid. El tiempo dirá si es otro peaje para la normalización u otra de las expresiones de Pedro Sánchez de aplicar el imperativo categórico de Kant: eso sí, cambiando el deber por el deber, por el poder por el poder. En el haber de sus propósitos el lado positivo de esta escatología política, pues son los actores (R.I.P. Juan Diego) los que, sin conocer la línea de agua y la de fangos, ya se deseaban los augurios de ¡Mucha Mierda! Quizá porque los cómicos obtenían su mala reputación, no como intérpretes, sino como espías encubiertos.

*Licenciado en Derecho. Graduado en Ciencias Ambientales. Escritor

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