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Diario Córdoba

Es la tarde y abril. Los niños han salido del colegio. Curiosean, hormiguean, disfrutan, imaginan, sueñan en las casetas de los libros. Sus carillas, tan llenas de vida transparente, apenas alcanzan las estanterías. Leo en una caseta: «Recreo». Sí, los niños han salido a un recreo especial, formado con libros y libros. Los atiende Maite. Maite es una verdadera librera. Conoce todas las novedades, las colecciones, las tramas y personajes de cada libro infantil. Pero, sobre todo, Maite es una cordobesa de ojos profundos, muy expresivos, que llegan con la ternura de su mirada hasta el fondo del alma y consiguen que te sientas especial, único. Siempre sonríe. Ella también llevará sus preocupaciones y sus cansancios, pero para los demás siempre sonríe, siempre despliega un amor tan humano como sus libros inocentes, porque es una mujer maternal, lo dicen sus manos, su sonrisa y sobre todo su voz, de modulaciones dulces, que tanto alivian la soledad. En su ‘Recreo’ le ayudan Manuela y Piluca. A Manuela le calculo unos seis años; a Piluca, unos cuatro. Apenas asoman sus cabecillas por entre los libros. Manuela se preocupa de que sus títulos preferidos estén bien a la vista del público. De vez en cuando, sale de la caseta y ordena el desorden que han dejado los que pasan curioseando. Manuela me recomienda sus lecturas preferidas: las princesas dragonas. Es un tanto reservada; siempre mira a Maite y busca su cobijo. Piluca es más tímida. Me mira y no sabe sin sonreírme o esconderse. Sí, esta caseta es un recreo. Sonríen en su inocencia los personajes de los libros. Bailan los títulos. Invitan a curiosear en sus ilustraciones. Maite, siempre cercana, nos comenta sobre ellos, y volvemos a escuchar su voz como si siempre estuviera con nosotros. Llega otra madre con su hijo. Una chiquilla llora por tener un libro. Y Maite vuelve a aparecer desde el centro de la caseta, vuelve a surgir tan humana, tan familiar, tan cariñosa, tan cordobesa. Sus manos llenas de corazón acuden a mostrarnos otro libro. Y el lector, ya metido en los umbrales de la vejez, añora sus años puros en aquel rincón virgen, cuando leyó por primera vez La Isla del Tesoro, mientras Jim Hawkins y John Silver le dicen adiós para siempre desde la puerta de la posada Almirante Benbow.

 ** Escritor

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