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Diario Córdoba

Carmen Lumbierres

EL TRIÁNGULO

Carmen Lumbierres

La burla y el aplauso

El insulto tiene un recorrido corto, se agota en sí mismo. ¿Cuántas veces puedes repetir, mentiroso, estafador, tirano o discípulo de Goebbels epatando al auditorio? Pues contadas, porque después de la brutalidad de la primera escucha, de la quinta si eres un ser sensible, pasan a formar parte del ruido de fondo, unido al abucheo y a los sonidos guturales ininteligibles.

Hay un tratamiento despreciativo más sutil entre la ironía y la mofa, que comienza por hacer evidente la ignorancia del adversario o asociarlo con algún comportamiento pueril, en elevar la anécdota a categoría repitiendo un error de gestión o formulación como si fuera la media de todas las cosas para hacer evidente su inferioridad, paso imprescindible para conseguir el menosprecio. Antes hemos tenido que marcar distancia con el interlocutor, porque la cercanía y la ridiculización no casan bien juntas, manteniendo el aislamiento con el objetivo de nuestro ataque.

Muchas de estas intervenciones se hacen desde un rostro con una sonrisa semicongelada o echando mano de un tono jocoso que dicen es humorístico consiguiendo así el aplauso de su bancada. No solo normalizan la burla, sino que la convierten en algo deseable cuando es la que

consigue levantar los ánimos y los cuerpos de la tropa. ¿Pero qué aplauden? ¿la humillación como forma de comunicación? Si trasladáramos este comportamiento a escuelas, trabajos, clubs deportivos, grupos de catequesis terminaríamos en una guerra abierta con difícil pronóstico.

Pero hemos ido un paso más allá, no solo intentan ridiculizar al adversario político, que en el fondo es a cada uno de nosotros si nos creyéramos lo de la representación política. Es que el menosprecio alcanza a colectivos ciudadanos tratados como espantajos. Insultan a personas por estar sindicadas, por defender la causa feminista, por querer a personas de tu mismo sexo, por ser menor de edad procedente de otro país, pobre y sin padres, y esto también sigue despertando risas y ovaciones. Es más, revuelven a una jauría

humana latente en las redes esperando hincarle el colmillo a cualquiera que defienda el peligro de esas actitudes o amenazando a los implicados en las causas que ellos abominan. El desprecio y la burla se han visto amplificados desde que ellos y ellas están aquí, y ratificado como aceptable por todos los millones que les votan. Reírle las gracias al abusón nos muestra como una sociedad con una grave patología, lo hicimos otras veces más por miedo que por risa, y por eso, despiertan intranquilidad en aquellos que creemos en la democracia como la única vía de respeto a la minoría.

* Politóloga

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