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Diario Córdoba

Luis Mendoza Pantión

COLABORACIÓN

Luis Mendoza Pantión

Aquella anciana

«Respetada, amada, recordada…Vivió hasta los 103 años, de servicio permanente en este mundo»

Era el menor de sus hijos y quizá nunca le habló de ella: la abuela de su padre, su bisabuela, tatarabuela de su hijo. Si sé algo de parentescos, creo que habrá ido bien la cosa. En caso contrario, comprendan que uno mismo es de los de en medio, también con años, en la interminable lista, y porque la vida sigue (para el que sea). El hecho carece de importancia: solo es por situar a tan notable miembro de la estirpe. Mejor, de la estirpe de Teresa, aquel ser tan sencillo y entrañable, a mi entender, como un héroe bueno de leyenda. Me contaron todo de ella, todo velado, como cuanto se cuenta a un niño. En el fondo, como debe ser o era normal en aquellos tiempos con una anciana de protagonista y como si nadie lo mereciera tanto. Así es que los rasgos principales o perceptibles a mi edad quizá perduran, pero contaban tanto… Y muchas cosas que me legaron a retazos, a tiras, como en este mundo nos enseñan de alguien que tampoco insiste en que se sepa y, mucho menos, cuando hay niños por allí, y yo ni siquiera tuve tiempo de que nos conociéramos: yo, aún tenía que nacer, ni siquiera asomaba por el borde de tan maldita guerra fratricida.

Dicen, como algo fijo, que era una muchacha cuando llegó a la casa grande de un señorito del pueblo, un notario o notable parecido. Tan insignificante, que quedó sorprendida entre muebles pesados, figuras doradas y cuadros con personajes elegantes y antiguos en ambientes turbios, falsos y hasta tenebrosos. Para trabajar, al parecer, de cocinera. Lo había hecho desde que pudo sostener una sartén para su padre y sus hermanos porque la madre desapareció un día de cielo negro. Así, sin más. Miró el mobiliario y hasta posó su mano sobre la pared del enorme reloj de péndulo, para sentir su corazón, como si necesitara conocer su realidad de vida. Enseguida, alguien de voz segura pero amable y servicial, la condujo a la gran cocina, con la evidente intención de mostrarle cuanto antes el lugar que le tocaba para trabajar como destino.

Y no fue en el salón del reloj de pared que latía incesante, como tampoco fue en la cocina espléndida y utilizada mucho más. En realidad, no sabría decirles o contarles. La verdad es que, a los pocos meses de llegar a la casa, Teresa y como pasa a cualquier casadera feliz, sana y en sazón, quedó embarazada. Para su suerte o su desgracia. Aunque, por lo que conozco de su historia, diría que fue para su vida. Maduró el fruto y no perdió la sonrisa a la hora de presentarlo. ¿El padre? Podemos suponerlo porque solo he asomado un varón a estas páginas. El morbo hace el resto. De haberlo conocido, yo mismo contaría más de cien años. Es igual, si ella se lo buscó, por las buenas o por las malas, debe darnos igual. Sí tengo constancia de que no salió de aquella casa más que para la boda de su hija, también Teresa, con la que se fue a vivir. La joven casó con un zapatero artesano, de buena facha y mejor carácter, que le ayudó a concebir y criar tres barones sanos y, con el tiempo, apuestos. El marido trabajó rápido, igual que ella, en la grata tarea de poner personas en el mundo, pero Teresa hija murió por unas fiebres, en la flor de la vida. Bella flor, por hermosura, gracia e ingenio. Esmerada su educación, para la hija de la cocinera. ¡Hasta tocaba piano en aquellos tiempos de finales del diecinueve!

Aquel hombre, trabajador y simpático, desgraciadamente viudo y con tres hijos, delegó su responsabilidad en la abuela, su suegra, Teresa, que debía rondar los sesenta. Al mayor de los nietos, inteligente y dócil, lo encajó en el Seminario. En comercio de telas, al segundo, de pantalón corto. Y el más pequeño murió, cuatro años después de la madre, por fiebres tifoideas.

Teresa, sexagenaria pero dura y saludable, quedó al frente de aquella casa por delegación del yerno, ocupado con dirigir el taller de zapatería. Confiaba en aquella mujer vital y entregada a los dos nietos, que se iban haciendo hombres. Como una consideración razonable y para aligerar la carga, buscó una muchacha que ayudara en las tareas de limpieza y necesidades de Teresa y los dos nietos. Mujer de pocos años, casi una chiquilla, que animó la triste ausencia de la joven esposa muerta. Y no pasaron un par de años, el señor de la casa dispuso un cargo especial para la nueva conviviente. Tan dispuesta y servicial, que se casó con ella. Tan mujer enamorada y cariñosa con los niños, que, uno tras otro, juntó cinco hermanitos a los dos mayores.

Entre pañales y formación transcurrieron los años, las vidas de la numerosa familia: Teresa, la abuela, que estaba en todo y que todos contaban con ella. Todos crecieron con la diferencia temporal entre hermanos o hermanastros en más de dos lustros. Y estalló la Guerra de España o la más española y larga guerra que con disimulos y, alguna generosidad se dilató en los tiempos. La guerra civil: una sombra que nunca se extinguió por quedar en las almas como recuerdos inmortales.

La abuela Teresa, cocinera y amante de un señor, que pasó los años de guerra descansando en una mecedora, sin acostarse en una cama porque sus nietos mayores estaban en el frente durmiendo de cualquier manera, si tenían suerte; criando o ayudando, activamente, en el crecimiento de los cinco hijos de su yerno. Respetada, amada, recordada… Vivió hasta los ciento tres años. Ciento tres años de servicio permanente en este mundo, aquel mundo tan extraño o absurdo como este de ahora. Tan sorprendente.

*Escritor

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