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Diario Córdoba

Antonio Gil

PARA TI, PARA MÍ

Antonio Gil

Tiempo pascual: «Miradle resucitado»

La Pascua proclama, en su entraña más viva, que la muerte no tiene la última palabra en nuestra vida

En el Jubileo del año 2000, san Juan Pablo II estableció que este segundo domingo de Pascua estaría dedicado a la Divina Misericordia. Fue un buen acierto, sin duda inspirado por el Espíritu Santo. A la luz de la Pascua, la misericordia se percibe como una verdadera forma de conocimiento. Se puede conocer a través de muchas formas: los sentidos, la intuición, la razón, pero también se puede conocer a través de la experiencia de la misericordia, porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. En palabras del papa Francisco: «La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor y la venganza no tienen ningún sentido y que su primera víctima es el que los siente, pues lo privan de su propia dignidad. La misericordia también abre la puerta del corazón y permite expresar la cercanía, sobre todo a los que están solos y marginados». El Tiempo pascual comprende 50 días, en los que la Iglesia nos invita a «encontrarnos con el Señor resucitado», siguiendo la hermosa recomendación que hacía Teresa de Jesús a sus monjas carmelitas: «Miradle resucitado; que solo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará» (Camino de perfección, V, 26,4). La Pascua proclama, en su entraña más viva, que la muerte no tiene la última palabra en nuestra vida. Hay un Dios empeñado en que sus hijos e hijas conozcan la felicidad total por encima de todo, incluso por encima de la muerte. En nuestro mundo tenemos la experiencia de la caducidad, que tanto impacta en nuestro corazón como algo que nos hiere y que no se corresponde con nuestro deseo de vida y de plenitud. Sin embargo, la resurrección de Jesucristo ha roto para siempre esta dinámica. La vida ha vencido a la muerte. La fe en el Resucitado nos abre a la esperanza y dirige los pasos de quienes han hecho de su vida una irradiación de luz que desvanece la oscuridad aún presente en el mundo. El problema del hombre moderno es la fe, el «creer» el relato de la resurrección. La fe en Jesús padece una crisis terrible, golpeada con fuerza por los azotes de una increencia que quiere imponerse a toda costa, incluso en legislaciones que han expulsado a Dios de las instituciones, negando su existencia y proclamando una «silenciosa apostasía» de nuestra sociedad. Apagada la fe, zozobra la esperanza. Y brota una tristeza y un desánimo, paralela a la de aquellos dos discípulos de Jesús, que «se marchan de Jerusalén», conocidos como «los dos de Emaús». No tienen meta ni objetivo. Su esperanza se ha apagado. Jesús ha desaparecido de sus vidas. Hablan y discuten sobre él, pero cuando se les acerca lleno de vida, «sus ojos no son capaces de reconocerlo». Todo les parece ahora una ilusión del pasado. ¿No será este el problema de muchos creyentes y no creyentes anónimos? ¿Por qué tanta mediocridad y desencanto entre nosotros? ¿Por qué tanta indiferencia y rutina? Se predica una y otra vez la doctrina cristiana; se escriben excelentes encíclicas y cartas pastorales; se publican estudios eruditos sobre Jesús. No faltan palabras y celebraciones, rebosantes de ritos. Los «dos de Emaús» nos ofrecen la solución: Primero, no olvidan a Jesús, conversan y discuten sobre él, recuerdan sus palabras y sus hechos, dejan que aquel desconocido les vaya explicando lo ocurrido. Sus ojos no se abren al momento, pero su corazón comienza a arder. Y enseguida la hermosa plegaria: «Quédate con nosotros porque atardece...». Tras la palabra escuchada, la experiencia vivida: la cena eucarística que les abre los ojos. Estas son las dos experiencias clave: «Sentir que nuestro corazón arde al recordar a Jesús, sus mensajes, su vida entera; y sentir que, al celebrar la Eucaristía, su persona nos alimenta, nos fortalece y nos consuela». Así crece en la Iglesia la fe en el Resucitado.

*Sacerdote y periodista

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