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Antonio Gil

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Antonio Gil

Un río de gracias en la Catedral

Ayer, Martes Santo, la Catedral de Córdoba se convirtió en un "río de gracias", como bien dijera el obispo de la diócesis, monseñor Demetrio Fernández, en su homilía de la Misa crismal, celebrada con su presbiterio, y en la que consagró el santo crisma y se bendijeron los óleos, con los que se ungen los recién bautizados, son sellados los confirmados y se derraman en las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y los altares en su dedicación.

En sus palabras, el prelado ensalzó el "don superlativo" del sacerdocio, animando a los sacerdotes a "cuidarlo y enriquecerlo" con la oración y con el cumplimiento fiel de la misión que la Iglesia les ha encomendado. "Un río de gracias parte hoy desde la catedral, a través del crisma y de los óleos, dijo el obispo, hasta los últimos rincones de la diócesis, para que entre todos logremos construir un cielo nuevo y una tierra nueva".

Luego, las inclemencias del tiempo nos privaron del esplendor de unas imágenes que nos ofrecían no solo La Agonía de Cristo, desde el barrio del Naranjo, sino la silueta ensangrentada del Santo Cristo de la Universidad, la atracción que ejerce Nuestro Padre Jesús de la Sangre, junto a la sencillez popular y cercana de El Buen Suceso, de La Santa Faz y de El Prendimiento, con la mirada maternal y tierna, de Nuestra Señora de la Piedad.

La religiosidad popular no puede reducirse a una expresión social o cultural. Todo lo contrario. Se enmarca en la misma línea que señalaba el obispo en la misa crismal, y lo mismo que la catedral era ayer un "río de gracias", el paso de las imágenes nos ofrece momentos de "gran intensidad de gracia", en los que el hombre descubre sus propias raíces y se siente inclinado a la oración, a la penitencia y a la caridad fraterna. En esta piedad popular, lo saben bien nuestras hermandades, hay auténticas expresiones de fe cristiana.

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