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Carlos Miraz

TRIBUNA ABIERTA

Carlos Miraz

Ciento once entre tres

Vaya por adelantado que «Futuros abundantes» responde sobradamente a las expectativas despertadas, si bien es una muestra que no solo hay que ver, sino también que leer. Aunque para muchos les bastará su enorme capacidad de sugerencia. A los que nos gusta el cine la cosa empieza a interesarnos a través del cartel anunciador, con el «Abrazo simbionte» de Regina de Miguel, para empezar a entrenar la mente. A unos la palabra simbionte les traerá a la memoria a Venom el extraterrestre de Marvel que actúa en simbiosis con un anfitrión humano. Otros, especialmente quienes gusten de la comunicación (al fin y al cabo los abrazos, revalorizados por la pandemia, forman parte de ella) evocarán a Abbot y Costello. No a los cómicos de los años 40 sino a los heptápodos de «La llegada» y su apasionante planteamiento filológico «circular» relacionando el lenguaje que hablamos con la forma en que vemos y entendemos el mundo. La idea es compleja para el espectador, pero menos si nos acordamos de ese viejo dicho que dice que para hablar bien un idioma hay que aprender a pensar en él. El lenguaje de los heptápodos no es lineal, sino circular. Y su percepción del tiempo lo es también. Un problema para la lingüista que trata de entenderse con ellos.

Sirve como aperitivo para entrar en contacto luego con sus personales holobiontes que cuelgan de la pared de una de las salas, todas ellas, llenas de propuestas sobradamente interesantes, pero, casi al final, hay una obra especialmente comunicativa que firma el colombiano Miler Lagos: la sección horizontal de un tronco de árbol en la que los anillos de crecimiento están realizados con trozos de periódico. Un juego dialéctico entre el paso del tiempo y la historia que registran «del mismo modo que cada página de un periódico es un archivo de una zona y de un momento». Los ciclos vitales de la materia y de la información generan un proceso de atractiva riqueza metafórica, aunque la reflexión daría para mucho más, teniendo en cuenta que los anillos, como las noticias, también se expanden en forma de ondas... Eso si; hay un aspecto en el que la propuesta de Miler Lagos, da comunicativamente en que pensar: No tiene título. O, mejor dicho, se denomina «Sin título».

Así que al hojear el libro editado (en papel) por la Asociación de la Prensa con ocasión de sus ciento once años no he podido menos de pensar en su contenido como una suma de ciento once anillos. Cada uno de ellos evocación documentada de la labor y esfuerzo de quienes los pueblan a la hora de conjugar su vocación por reflejar, entender y hasta proponer la vida de todos los días con la necesidad de dotar a la profesión de un adecuado status académico, normativo, económico y socio laboral desde los mecanismos asociativos.

Son anillos que Florencio Rodríguez, Manuel Fernández y Ricardo Rodríguez van expandiendo, página a página, configurando tres etapas. Cada una de ellas con el aroma especifico del ciclo vital que abarcan enriquecido con el que se desprende de su personal estilo periodístico. Tres miradas que incorporar a las muchas que Nemesio Rodríguez dice constituyen la historia de la Asociación de la Prensa de Córdoba. Pero de modo especial a las de los profesionales que nunca quisieron renunciar a cumplir su papel de servidores de los ciudadanos. Además, al dividirse el trabajo entre tres, los autores han incidido sin proponérselo en una cualidad matemática del número ciento once. Es un número de Harshad («gran alegría») al ser divisible entre la suma de sus tres dígitos. Valga como satisfacción añadida.

¿Habrá algún árbol que registre información periodística en sus anillos como propone Miler Lagos en su collage? Bueno... ¿Quién sabe? En un tranquilo rincón del Campus de Rabanales, muy cerca de la Biblioteca, cincuenta periodistas responsables de la comunicación institucional en las universidades españolas plantaron, hace algunos años, uno que hoy crece y florece con buen ánimo tratando de atisbar desde sus ramas cuanto sucede en el recinto que lo rodea, lo que podría interpretarse como ansia de saber o incipiente curiosidad periodística. Una pequeña placa le recuerda el encargo de quienes lo sembraron: crecer, florecer y renovarse cada año como debe hacerlo el conocimiento a lo largo del tiempo. Así que quien puede adivinar lo que contarán sus anillos (y cómo) dentro de un siglo. La vida secreta de los árboles y la comunicación con su entorno, que ha llenado las páginas de algún best seller y configurado las imágenes de excelentes documentales, sigue deparándonos muchas sorpresas.

De momento Francisco Solano Márquez nos recuerda en un pequeño apéndice de la obra que son 38 los periodistas y medios de comunicación que dan nombre a calles, plazas o jardines por los más variados lugares del casco urbano de Córdoba, subrayando la cifra como nítidamente destacada sobre otras actividades profesionales. La ciudad tiene también sus propios anillos de memoria.

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