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Diario Córdoba

Antonio Gil

PARA TI, PARA MÍ

Antonio Gil

La Semana Santa, «tiempo del que ama»

Nos invita a contemplar el drama de la pasión y muerte de Cristo, que finaliza con el esplendor de su Resurrección

El poeta José García Nieto define la Semana Santa como «tiempo del que ama»: En uno de sus versos más hermosos dice así: «Gracias porque ha llegado el tiempo del que ama». La Semana Santa, que hoy alza el telón bajo el techo voluble de las palmas y ramos bendecidos, nos invita a contemplar el drama de la pasión y muerte de Cristo, que finaliza con el esplendor de su Resurrección, en la Vigilia Pascual. Entre los pliegues solemnes de la liturgia eclesial, que tiene su escenario principal en los templos, y en las Estaciones de penitencia que protagonizan nuestras Hermandades y Cofradías, recorriendo nuestras calles y plazas, brillan como argumento central de esta Semana Mayor, los tres regalos que Dios derrama sobre las entrañas de la humanidad: Amor, Vida y Salvación. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios vivo, nos ofrece en todo momento ese amor que confidencia a Nicodemo, durante sus coloquios nocturnos en la alta madrugada palestina: «Tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo Unigénito para salvarlo». Junto al amor, Cristo nos entrega su vida, derramando en la cruz hasta la última gota de su sangre. La Cruz no conduce a la muerte sino a la vida. La Cruz es verdadera sabiduría y fuerza de Dios, como afirma Pablo de Tarso, en su carta a los corintios. La Cruz ya no es ignominia, sino señal del inconmensurable amor de Cristo. Esa cruz que es fuente inagotable de espiritualidad cristiana, que se lleva en el trabajo de cada día, que es señal para iniciar y bendecir las acciones más sagradas. Esa cruz que preside nuestros hogares y la tumba de los muertos queridos. Siempre es señal de vida y resurrección. Y en tercer lugar, junto al amor y la vida, Dios nos ofrece la salvación. Ha sido la sangre de Cristo en la cruz, la que ha hecho posible la reconciliación de todos los seres. Sus heridas nos han curado. Por último desde la cruz, Cristo nos regala una Madre, a María, para que nos acoja en su regazo y nos abrace con ternura. Hoy, al comenzar la Semana Santa, recordamos las palabras de Bernanos: «Todos tenemos un lugar en la pasión de Cristo y todos podemos vernos representados en algunos de sus personajes». ¿Qué lugar y qué personaje elegiríamos? ¿Acaso somos como Judas, que finge amar al Maestro y lo besa para traicionarlo y entregarlo? ¿O nos parecemos al discípulo que quería resolverlo todo con la espada? ¿Somos como los sumos sacerdotes que constituyen un tribunal a toda prisa y buscan falsos testigos? ¿O somos como Pilatos, que, cuando vemos que las cosas se tuercen, nos lavamos las manos, no asumimos responsabilidades y permitimos que condenen, o condeno yo mismo, a las personas? Así podríamos seguir escogiendo y enumerando otros personajes de la pasión del Señor, que tienen plena actualidad en nuestro tiempo. Por ejemplo, en algún momento, ¿somos como la muchedumbre que se movía por Jerusalén y que no sabía si estaba en una reunión religiosa, en un juicio o en un circo y elige a Barrabás? Les daba igual: era más divertido humillar a Jesús. ¿Somos como el Cirineo, que volvía cansado del trabajo, pero hizo la buena acción de ayudar al Señor a llevar la cruz? El mundo que nos ha tocado vivir necesita cada vez más «cirineos» y más «samaritanos», que extiendan sus brazos para ayudar, para servir, para alimentar y para curar heridas olorosísimas. Todavía quedan otros personajes en la pasión que nos producen escalofríos: ¿Somos como los que pasaban ante la cruz y se burlaban de Jesús, con la obscenidad de unas palabras insultantes: «¡He aqui al valiente! ¡Que baje de la cruz y creeremos en Él!». El mejor testimonio nos lo ofrece un grupo de mujeres, entre ellas la Madre de Jesús, que sufrían en silencio. O José, el discípulo escondido, que recoge amorosamente el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Celebremos la Semana Santa, de la mano de nuestras Hermandades y Cofradías, pero sobre todo, vivámosla en lo más profundo de nuestras vidas, sintiendo los regalos de Dios: «Amor, Vida y Salvación.

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