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Diario Córdoba

Editorial

Un mes de guerra

Todo ha cambiado en Europa y en el resto del mundo al cumplirse el primer mes de la guerra en Ucrania. A partir del momento en el que Vladímir Putin dio la orden de ataque, el ‘statu quo’ saltó por los aires y por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial los aliados de la OTAN y los socios de la Unión Europea se asomaron al abismo. Nada es hoy como era antes del 24 de febrero, una crisis de seguridad sin precedentes se ha adueñado del multilateralismo en ciernes, con China a la expectativa, y nadie es capaz de prever cuál será el espacio político y económico que seguirá al final de la guerra, sea cual sea este. Ni siquiera el reforzamiento y la cohesión interna de la OTAN y de la UE para responder a la invasión, destinada a dañar tanto como sea posible la economía rusa, en general, y la de los oligarcas y allegados a Putin, en particular, cabe verlo solo como un paso positivo, sino que es también parte del clima de escalada provocado por el Kremlin, agravado por las referencias al arsenal nuclear prodigadas por Moscú. No se ha restablecido la atmósfera de guerra fría, como se dijo antes del inicio de las hostilidades, sino que se ha adueñado del escenario europeo una mezcla de guerra convencional y guerra híbrida de consecuencias imprevisibles. Al mismo tiempo, llegan del campo de batalla las imágenes de una gran tragedia humana, tan insólitas como la guerra misma desde la derrota nazi en 1945. El flujo de refugiados plantea un problema inconmensurable de gestión de recursos, pero el martirio de las ciudades sienta a los gobiernos europeos y a la opinión pública frente a la realidad de programadas matanzas a gran escala. La consecuencia inmediata del primer mes de guerra es doble: un rearme de Occidente sin tiempo de espera y un efecto dominó sobre la economía a partir de la dependencia energética de Europa del suministro ruso de gas. De estas dos caras de la crisis, la más reconocible a corto plazo es la segunda, con la inquietud social siempre en aumento por una inflación desbocada. La excesiva dependencia exterior de Europa se ha revelado como un factor de debilidad manifiesta en una situación de crisis y de nuevo tienen sentido las advertencias que desde finales de los años 80 presentan la conexión rusa como algo lleno de riesgos. El neostalinismo de Putin ha dado a la larga la razón a quienes fueron tildados de agoreros cuando la desaparición de la URSS otorgó una momentánea victoria incruenta a los aliados occidentales. Se equivocaron cuantos creyeron que Rusia había dejado de ser un competidor poderoso y pecaron de imprudentes los que promovieron la ampliación sin freno de la OTAN en dirección este. El hecho es que Putin se ha revelado como un autócrata imprevisible y agresivo más allá de todo lo imaginable y ello obliga a mantener el apoyo sin reservas al Gobierno de Volodímir Zelenski y, al mismo tiempo, requiere resucitar en cuanto sea posible algunos de los principios de la coexistencia pacífica para evitar que la inestabilidad en Europa pase a ser una enfermedad crónica llena de riesgos inasumibles.

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