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Desiderio Vaquerizo

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Desiderio Vaquerizo

Dieta y aceite de oliva en el tiempo (I)

La Biblia contiene un número cercano a las doscientas referencias al aceite de oliva

El olivo, en su forma silvestre, existía ya en las riberas del Mediterráneo desde la Prehistoria, y es probable que se consumiera su fruto desde cuando menos la Edad del Bronce. En este sentido la Biblia, que representa una de las fuentes escritas más completas y detalladas de la Antigüedad, contiene un número cercano a las doscientas referencias al aceite de oliva, lo que supone una prueba incontestable de la intensidad del cultivo, así como del alto valor del aceite, tanto para usos culinarios como por su importante componente simbólico: con él se ungía a los reyes y se transmitía la divinidad. También en la franja siriopalestina (algunas de las primeras referencias aparecen en las tablillas con escritura cuneiforme de Ebla, Siria, fechadas en torno a 2.500 a.C.) contamos con testimonios del cultivo del árbol, consumo del fruto, producción de zumo en avanzadas almazaras y almacenaje en los palacios desde el V milenio a.C. En Babilonia, de hecho, al médico se le denominaba asu: conocedor de los aceites. Por su parte, Egipto importó grandes cantidades de este preciado producto desde Creta y Palestina al menos desde comienzos del II milenio a.C., con fines alimenticios, cosméticos, medicinales, rituales y mortuorios (quizá incluso mágicos). Una de las formas utilizadas para conservar los cadáveres fue, de hecho, sumergirlos en aceite de oliva. Finalmente, en algunos yacimientos de Andalucía -tal es el caso de la cueva de Nerja- aparecen huesos de aceituna fechados científicamente diez mil años antes de Cristo, aunque por el momento todos los análisis parecen confirmar que se trata de acebuches u olivos silvestres; lo que no quita que las poblaciones contemporáneas se sirvieran del árbol como tal para leña, y del fruto (acebuchina) para secarlo y comerlo, o bien obtener algún tipo de aceite rudimentario con el que iluminarse.

El conocimiento sobre el entorno físico y las actividades económicas, dieta incluida, en la España antigua, aumenta exponencialmente cuando hablamos de los pueblos prerromanos, en particular de los ibéricos, algunos de cuyos asentamientos han sido objeto de estudios arqueológicos recientes que evidencian sistemas de producción directamente relacionados con la tríada mediterránea -muy importante en este sentido es la cerámica pintada ibérica tardía, en la que aparecen representadas gran cantidad de especies vegetales y animales, como por ejemplo el granado, la paloma, el ciervo o el lobo-. Así ocurre, por citar algunos de ellos, con el Alt de Benimaquia (Denia, Alicante), centrado en la producción de vino en fecha muy temprana (siglo VI a.C.), cuando posiblemente era privilegio sólo de unas elites que lo usaron como símbolo de clase para festejar la vida y también la muerte, según testimonian los ajuares funerarios ibéricos desde el origen mismo de esta cultura; Puig de Sant Andreu (Ullastret), donde se han encontrado cientos de silos para almacenar cereal; Puntal dels Llops (Olocau, Valencia), sede de la antigua Edeta, donde entre otras actividades agrícolas y alimenticias de enorme interés, como almazaras y lagares dispersos por su territorio, se ha documentado la práctica de la apicultura en colmenas cerámicas -la recolección de miel silvestre está constatada en la Península Ibérica desde la Prehistoria-, o el Cerro de la Cruz (Almedinilla, Córdoba), donde los análisis carpológicos testimoniaron hace algunos años la presencia de leguminosas (yero) que estaban siendo molidas cuando el poblado fue destruido en torno al 120-100 a.C., por lo que no cabe descartar su utilización para el consumo humano. La aparición entre ellas de trigo y cebada residual podría obedecer a un sistema de cultivo de año y vez. Por su parte, los análisis de arqueofauna detectaron una presencia importante, en orden decreciente, de bóvidos, ovicápridos y suidos, que debieron constituir la cabaña doméstica principal, a los que seguían el ciervo, el asno, el caballo, el conejo, la liebre, el perro y ¡la nutria! Algunas de estas especies serían cobradas mediante la caza, que conocemos bastante bien a través de la plástica ibérica. El conjunto escultórico de Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén) incluye algunos personajes que vuelven de ella tras cobrar varias perdices y una liebre.

Sobre las formas de comer en la España antigua es difícil generalizar, dada la diversidad geográfica de la península Ibérica, que implicaría una gran dependencia del entorno inmediato al tiempo que diferencias culturales determinantes, por tradición y raza, o por la llegada y asimilación de diferentes corrientes de influencia. Las cosas en el Sur y el Levante serían, de hecho, bastante distintas, por clima, riqueza de las tierras y su apertura tradicional a los pueblos del Mediterráneo. En tales zonas, de hecho, ya se había impuesto la vajilla individual, de influencia griega, en momentos inmediatamente anteriores a la llegada de Roma, lo que no debió restar importancia alguna al simposio y el banquete, también en ámbito funerario, fundamentales en su nivel de socialización.

*Catedrático Arqueología de la UCO

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