Año 2003. Kiev. Yana se levanta todos los días a las 6 a.m. para ir a entrenar a la piscina. Es campeona del mundo de natación en 200 y 400 metros estilos. En los Juegos Olímpicos de Sydney 2000, cuando tenía 18 años, también ganó la medalla de oro en estas dos pruebas. No le ha sido fácil llegar a la élite mundial del deporte creciendo en un país arruinado tras la caída de la URSS. De hecho, ha entrenado toda la vida en una piscina cubierta con las calderas estropeadas. Sus ganas de progresar y su capacidad de sacrificio son inquebrantables: solo así es posible codearse con y superar a pueblos que lo han tenido mucho más fácil y, además, alcanzar el Olimpo de los dioses.

Año 2022. Kiev. Yana es madre de un niño de cinco años y trabaja para la Federación Ucraniana de Natación. Su marido es profesor y la familia reside en un barrio acomodado de la capital. Viven en un país democrático que camina cada día hacia la libertad de mercado y de pensamiento, y hacia el progreso. El camino no ha sido fácil y ahora se lo acaban de cortar de nuevo: hace pocos días las tropas de Putin han invadido su país. Ella es una deportista de élite y él hizo lo propio con los estudios. Sus ganas de progresar y su capacidad de sacrificio siguen inquebrantables: solo así se entiende el numantinismo del pueblo ucraniano.

¿Acaso un pueblo capaz de ascender por méritos propios desde el Hades al Olimpo de los dioses no se merece entrar en el paraíso terrenal de la Unión Europea? Por ahora, son los únicos que se están dejando la vida en ello.

*Lingüista