La esperanza más acuciante y próspera de Andalucía son nuestros jóvenes. En las efemérides históricas y recurrencias loables de nuestra tierra siempre aludimos a nuestros valores de pasado (Historia), potencialidades geográficas (tierra, mar...), soportes económicos y relevantes pilares culturales y antropológicos (estilos de vida, fiestas, tradiciones...). Evidentemente son ciertos y nada malo resulta de sacar pecho. Evidentemente nos enorgullecemos de todo ello. Lógicamente el valor de una comunidad humana y una tierra se fraguan al calor de un sinfín de variables, y la Comunidad Autónoma de Andalucía es por su situación geopolítica e historia un legado sembrado de singularidad con fuertes señas de identidad, que nadie pone en duda.

No obstante, la fortaleza de un pueblo se mide también, y debe medirse, en razón de su futuro, expectativas y orientaciones hacia nuevos horizontes. Sin perder nunca de vista lo que somos. Los viejos pilares de un edificio son fundamentales, nadie lo duda, pero deben existir resortes de renovación y cambio, nuevas responsiones que sean capaces de encumbrar más la colectividad alcanzando nuevas metas, abriendo ventanas y perspectivas diferentes que permitan avanzar hacia sociedades modernas, abiertas de mente, principios satisfactorios de vida, economías solventes y formas culturales que nos hagan crecer con lo de antes y lo de ahora. En definitiva, ser capaces de renovar nuestras existencias sin renunciar a los ancestros. Aprendiendo del pasado y del presente. Estos planteamientos teóricos son sin duda loables y aceptables por cualquiera. Lo importante es que sean una realidad. La mirada amplia y detenida hacia dentro y fuera ayuda mucho a conocer nuestra situación y perspectivas. Desde la perspectiva docente, que más me incumbe, encuentro cada vez mayor satisfacción en las últimas generaciones. No hablo de estadísticas frías ni de opiniones alboradas al viento, llenas de buenas intenciones, sino de realidades fehacientes que confirman, en mayor o menor medida, que Andalucía marcha en el buen camino con los jóvenes. Bien caudalosa encuentro mi memoria recordando a Juanfrán, que desde hace poco más de tres años vive en Tallín (Estonia) formándose en el arte de Orfeo, que con su violín habrá entonado (estos días) nuestro himno con añoranzas de una tierra a la que debe revertir todo su arte; allá en el abrigo de los fiordos noruegos Pilar aprende, y mira desde la residencia de Hatleberg, los resortes de economía y dirección del empresas junto a un buen elenco de andaluces que a ratos recobran el resuello con los sones de la tierra (¡hombres de luz...!). A ratos se comunican on line con Javier, enfoscado siempre en las triquiñueñas de las programaciones y definiciones del software; al tiempo que Antonio Domínguez, que ya es ingeniero de Telecomunicaciones, muestra orgulloso al otro lado del charco la estampa enviadiable de Montreal (Canadá). Esa es la Andalucía joven que fluye por el mundo, moviéndose al son de los tiempos, aprendiendo idiomas y escuchando el susurro de los países fuertemente desarrollados, que llevan desde hace décadas las riendas del desarrollo y la modernidad. La movilidad es el pan nuestro de cada día, viajando y conociendo gente, dice Belén Moyano desde el emporio de Reino Unido, que es ojo avizor de la avanzadilla de Europa. Los idiomas son el soporte más importante que tenemos que aprovechar los andaluces, y los grados de traducción e interpretación son la mejor senda. Ella es ya un gurú de los idiomas, una andaluza ejemplar. Los españoles somos un poco «zotes» para los idiomas -dice-, pero eso empieza a ser un tópico..., y sonríe con esa simpatía apabullante que convence.

Otros jóvenes abren camino por las sendas de la solidaridad y la comprensión más certera de lo que es el mundo pobre, con una mirada fundamental para trasformar el mundo; recuerdo un correo de hace varios años de Ruth desde Guinea Ecuatorial, contándome los avatares de una realidad tan distinta y distante de nuestro mundo, donde el choque de culturas le abre los ojos al más pintado. El espectro juvenil de tierra adentro no desmerece. Mónica me dice a menudo, desde la Universidad de Granada, que no puede estar más contenta y satisfecha con su potencial formativo en documentación, pues están entre la élite de especialización mundial, poniendo colorados a sus homólogos de ciencia y tecnología de alimentos (me lo dice con pique para Martín, su novio). Ciertamente se avanza en ese camino, pues el informe del ranking internacional ‘The World University’ (Ranking 2021), que incluye a más de 1.500 instituciones internacionales de 93 países, incluye ocho universidades andaluzas (Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Jaén, Málaga, Pablo de Olavide y Sevilla). La actividad y profesionalidad de los jóvenes es cada día más contundente. Desgraciadamente no son tantas las oportunidades para demostrar los valores que día a día se van consiguiendo, pero la realidad apunta horizontes muy distintos a los de hace décadas. El camino es la formación y preparación científica y profesional, que es la garantía mejor para un futuro de avance hacia el progreso, con diversidad de enfoques, completamente en sintonía con el mundo desarrollado y bajo presupuestos de multiculturalidad y relación, como siempre tuvo esta tierra. Esa es la Andalucía joven que promete.

*Doctor por la Universidad de Salamanca