Opinión | Bajo el puente de hierro

El miedo

La paz es sólo un perro que devora satisfecho los restos del obsceno banquete de la guerra

Tengo miedo a los que no tienen miedo. Los más valientes son los que nada tienen. No hablo de dinero, no de algo tan prosaico, sino de ese otro tesoro que sólo albergamos esternón adentro. Los que nada tienen son capaces de cualquier cosa. Los que amontonamos recuerdos en los armarios, libros infantiles rotos en los estantes, un corazón garabateado de cicatrices, una cálida visión del horizonte, nos pensamos mucho cada paso. Y temblamos en la noche. Y, a veces, ese temblor se extiende hasta bien entrada la mañana.

Dicen que el miedo hace imposible lo extraordinario, yo creo que lo extraordinario es poder sonreír pese a esta congoja inseparable de la vida. En el dolor, esa negra estancia, pasado, presente y futuro conviven hacinados e irreconocibles. Uno nunca sabe si llora por lo que vive, por lo que vivió o por lo que vivirá. Y está bien así. El color de las plastilinas al mezclarse. Ese arcoíris marchito.

De Ucrania no aprenderemos nada. Es mal maestro el llanto ajeno. Si ni siquiera aprendemos del propio, cómo vamos a entender la lección de un rostro desconocido surcado por el terror salado, su palidez de labio, sus dudas de plomo, su firmamento oscuro. No quiero ser concluyente, porque guardo una esquelética esperanza, porque deseo estar ridículamente equivocado, pero creo que paz no es antónimo de guerra. Creo que la paz es sólo un perro que devora satisfecho y en silencio los restos del obsceno banquete de la guerra. Un consuelo cuya caducidad es la barbarie, esa mina inagotable de crueldad, esa ansia por imponerse sobre los iguales.

Cuando alguien comparte en sus redes ese mensaje pueril de «No a la guerra» no quiere parar el mundo, sólo comprenderlo. Recordarse a sí mismo la finitud, el desconsuelo, su incomodidad como parte de una sociedad que, lejos de avanzar hacia la luz, se baña sensualmente en el fango de la destrucción, la avaricia y la muerte. Hay a quienes molesta que alguien se exprese con sencillez. Ante preguntas sin respuesta, una llamarada íntima, un asidero, un puñado de palabras que sirvan como una almohada contra la que hundir la cabeza. ¿También se niega el derecho a ese blanquísimo desahogo?

Hoy es Ucrania pero no han dejado de ser Siria o Afganistán o Yemen. Que las guerras sean incontenibles no las hace necesarias. Siempre hay elección entre el golpe y la palabra. La cercanía de las fronteras aumenta el miedo. Como el rojo estremecimiento al acercar los dedos al fuego. Somos la piel de nuestros países. Por eso está bien arañarse las mejillas ante la tragedia. Ya no sé si la guerra es un fracaso puntual o el fracaso es nuestra sociedad entera y la guerra simplemente su balbuceo.

Se interrumpen las vidas y las casas se vacían. Hay edificios desgajándose y niños que sin entender nada lo recordarán todo. Hay despedidas y besos que ya no son de pasión sino de frío y profundo espanto. Hay gente a miles de kilómetros que pide mano dura y un ramillete de soldados en cada esquina. Hay gente que aprovecha las miserias ajenas para desperdigar las propias. Hay gente. Esta es ya casi la única certeza. Hay gente en todas partes. Pero los teatros están cerrados y las guarderías son coloridos desiertos y la pista de futbito aguarda con dos porterías que parecen osarios. En los maleteros de los coches, existencias de años apelotonadas con urgencia. Depósito lleno. Un silencio de flores y bengalas. Las ciudades se oscurecen y zumban como esas moscas que chocan una y otra vez contra el cristal buscando un jardín que nunca llega.

Mientras unos soldados avanzan y otros esperan. Esquejes ya. Hijos sin nombre. Estadística futura. «Acaso algún día / entre las duras piedras de la noche / destile el tiempo tu existencia», escribió el poeta cordobés Francisco Gálvez en 1973 a ese soldado que caerá, al que la vega dará cobijo, que ya no será voz, sólo número. Un mal necesario. Acento feroz de la batalla. En la televisión eligen con acierto las imágenes, porque nos hundimos conmovidos en el sofá. Y tuiteamos algo y deseamos, con los puños cerrados, un mundo mejor del que estamos creando. Y luego nos lanzamos al vino y a los orgasmos. Ayudamos a nuestro hijo con el puzzle y precalentamos el horno a 210 grados. Y damos gracias por no estar allí. Y no hay que sentir culpa, pero sí un vasto temor. Porque, donde no nos lleva la razón, quizá nos acerque el miedo.