No sé si se aloja en algún sitio parecido a una casa, pero creo que los enseres que a veces te encuentras en el zaguán de un cajero automático deben ser suyos. Casi siempre te lo encuentras a la puerta de un gran supermercado, tomando el sol cuando lo hay o resguardándose del viento cuando lo hace. Avejentado, de edad indefinida, pide limosna con una sonrisa amable. Le cuesta expresarse en español y uno piensa que debe proceder de algún país del este de Europa por sus facciones y por el acento con que pronuncia las pocas palabras que acierta a decir. Últimamente llama al timbre de casa, siempre con la misma actitud y la misma sonrisa, y rara vez pide dinero, las últimas veces expresó dificultosamente que necesitaba camisetas interiores porque pasaba frío, y ayer mismo un pantalón de mujer, y, esta vez sí, unas monedas para completar el billete de autobús porque ella vive en Córdoba. Recoge las camisetas que le compramos hace un par de semanas cuando pasó la última vez y le aclaro que para el pantalón habrá que esperar unos días, que ya está cerrado hasta el lunes. Abre una bolsa donde hay algunos plátanos y entiendo que también quiere comida. Y entonces, cuando se va, vuelvo a pensar otra vez en lo de siempre, ¿para qué sirve este sistema carísimo que tenemos y en el que vivimos, en el que se supone que cuando pagamos casi la mitad de nuestro sueldo en impuestos éstos se dedicarán a arreglar las cosas, las necesidades reales de la gente? Y también vuelvo a pensar en la enorme cantidad de payasos que «gobiernan nuestros días», como decía Góngora, y que administran (es un decir, mejor sería decir que derrochan en idioteces y en sus propios intereses) la enorme riqueza del rincón del mundo donde el azar nos ha hecho nacer. Cómo es posible que impresentables como Boris Johnson, Biden, Macron, Sánchez y sus corifeos, y tantos otros, y que los Pujol que se lo llevaron crudo, los que también se lo llevaron en Andalucía, los eméritos a los que nada se les podrá demostrar, y todos los que nunca saben nada, estén o hayan estado ahí por nuestra culpa. Porque es culpa nuestra, al elegirlos, que el pobre llame a nuestra puerta.

*Escritor @ADiazVillasenor