Julio el de Expedición, que luego se casaría con doña Ana, una maestra que ejerció en las casas portátiles de Las Moreras, iba todos los días por la mañana a la barbería de mi padre a leer el periódico montado en su caballo percherón. Y a lo largo del día aquel negocio de Villaralto, preparado para cortar el pelo y afeitar, se convertía en una pequeña biblioteca popular donde los clientes hablaban, cuando se podía, de política, otros hacían cola para leer el periódico y yo pasaba entre los parroquianos sobre las nueve de la mañana para ir a la escuela, a la una y media para comer, antes de las tres para tocar vísperas en la torre de la iglesia e irme al colegio y por la tarde a una hora incontrolable según permitieran los juegos con piedras que nos llevaban hasta casa. Yo creo que era después del almuerzo, cerrada la barbería, cuando me sentaba en sus bancos o tirado en las baldosas cuando repasaba el periódico.

Un verano, cuando El Alcázar era todavía un periódico independiente y no de extrema derecha, publicó una especie de coleccionable de Los Beatles, que fue el primer tema que guardé como parte de mi particular historia periodística. Otro de mis primeros personajes periodísticos fue el 34 presidente de los Estados Unidos, Eisenhower, que vino a Torrejón de Ardoz en 1959, y cuyas crónicas, ya con ocho años, las leía en Arriba, el periódico oficial del régimen franquista, del que, evidentemente, no sabía nada. Los Beatles y Eisenhower fueron los dos primeros nombres que aprendí de los periódicos en la barbería de mi padre.

Me debió de atraer tanto lo que transmitían y cómo lo hacían aquellas publicaciones de hojas tan grandes que cuando me vine a Córdoba a estudiar bachiller ya traía en alguno de los bolsillos de mis pantalones de crío mi vocación: escribir, actividad que podía desarrollarla en los periódicos después de estudiar periodismo. Claro, como no había redes sociales y estábamos en una dictadura el periodismo debía ser la profesión con más proyección internacional, lo que tenía su atractivo. Cuyas prácticas adelantadas a la carrera se hacían veranos antes en hoteles de Sitges, de Francia o en las fábricas de salchichas de Alemania: el erasmus de aquel tiempo. Acababa de cerrarse la Escuela Oficial de Periodismo, donde aprendieron aquellas voces del NO-DO o plumas de Pueblo, Arriba, Informaciones, El Alcázar o Dígame, y en Madrid esperábamos en 1971 la apertura de la Facultad de Ciencias de la Información, cuando el periodismo se fue a la Universidad. Aprendimos a vivir, a corretear por Madrid y a recabar dinero para la supervivencia. Y cuando empezamos a hacer reportajes en aquella Sevilla de el Correo de Andalucía no había móviles, ni ordenadores, ni Internet, sólo máquinas de escribir con un ruido de muerte y libretillas-blog donde tomar notas. Y mucha calle e imaginación.

Eran tiempos en los que se podían producir historias como la que me ocurrió con un futuro ministro. Acababa de salir a la calle el periódico La Voz de Córdoba en mayo de 1981. No teníamos apenas medios. Y el fotógrafo, Ricardo Rodríguez Aparicio, era, a la vez, el redactor de Deportes y el fotógrafo. Yo había quedado con Fernando Morán, por entonces portavoz socialista en la Comisión de Exteriores en el Senado, en la estación de trenes, casi donde ahora está la sede de la Asociación de la Prensa, para hacerle una entrevista. Terminé de hacérsela, aún no había llegado el fotógrafo y en el periódico todavía no disponíamos de archivo. Había que llevarse como fuera el testimonio gráfico. Con nosotros -con Morán y conmigo- estaba el inefable y eterno senador Joaquín Martínez Bjorkman, que supongo que allanaría el terreno. El caso es que senté a Fernando Morán en un phofotomatón de la estación, le eché las respectivas monedas y al día siguiente, domingo, 14 de junio de 1981, la foto que acompañó a mi entrevista con Fernando Morán en La Voz de Córdoba era la del que luego sería ministro de Exteriores de Felipe González. Aunque un poco quemado yo conseguí el testimonio gráfico, que se puede comprobar en las hemerotecas.

En este tiempo, cualquier ciudadano lo habría solucionado con su móvil. Pero afortunadamente, sin ser influencers, cobrábamos con más justicia que ahora.