El otro día hablábamos con unos amigos que para saber si una persona es mínimamente buena, tienes que ir a un bar con ella y ver cómo trata a los camareros y camareras. Yo sumaría también ir de compras.

Yo no sé si es porque ya nos hemos acostumbrado a comprar a través de las pantallas, pero a menudo pienso que mucha gente pierde, por momentos, la capacidad de ser amable, paciente y empática cuando compra en persona. Con el consumo digital no se tiene que interactuar con nadie y no se ve ninguna cara, ni tampoco se sabe si hay una montaña de trabajo acumulado antes del pedido realizado; por eso también pienso que mucha gente cree que sus paquetes los prepara una especie de ente mágico que trabaja las 24 horas del día los 7 días de la semana y que no tiene cuerpo. Y que no tenga cuerpo quiere decir que no tiene cerebro ni corazón y, por lo tanto, tampoco tiene días en los que se encuentre mal, decaído o cansado, personas a cargo o condiciones precarias que puedan interferir en su tarea.

Creo que las grandes plataformas no solo han perjudicado el pequeño comercio reventando precios (y derechos laborales) y haciendo creer que es normal (y deseable) mantener este ritmo vertiginoso de consumismo, sino que a veces tengo la sensación que han llegado a modificar la manera que tenemos de consumir en persona. La exigencia de una atención instantánea y veloz, el no decir ni buenos días, ni gracias, ni adiós, las demandas muchas veces inasumibles o el desprecio hacia los productos u objetos expuestos, son algunos de los ejemplos que se me pasan por la cabeza. Seguramente mucha gente no lo hacen, pero mucha otra (cada vez más, diría yo) sí. En estos días de compras frenéticas –y cuando vayamos a hacer compras en general– le haríamos un favor a la humanidad si pudiéramos ser un poco personas y no máquinas insensibles e incomprensivas. A todo el mundo le gusta recibir regalos, pero sorpresa: a las personas que hacen posible que los regalos os lleguen a las manos también les gusta que las traten bien y no como sirvientes. Esta Navidad (y cada día): paciencia, amabilidad y empatía.

 **Librera