Hoy finaliza el Año Litúrgico con la solemnidad de Jesucristo, rey del universo, fiesta instituida por el papa Pío XI, en el año 1925, en un contexto complemente distinto al que vivimos en pleno siglo XXI. Quizá la idea del Papa cuando instituyó la fiesta de Cristo Rey, era exaltar su poder y su gloria sobre los poderes de este mundo. Pero, leyendo atentamente el evangelio, lo que Jesús quería era afirmar que «otro mundo es posible». Un mundo no cimentado sobre el poder y el capital, sino sobre la ética de la honradez, el respeto, la igualdad de derechos y garantías de todos los humanos, la bondad por encima de todo y la ayuda a todo el que sufre. En esto consiste el reinado de Cristo. El evangelio que se proclama en las eucaristías de hoy recoge la práctica totalidad de la primera «entrevista» de Pilato con Jesús. Pilato es un personaje confundido, lleno de preguntas, pero todavía deseoso de conocer la verdad. Jesús, en cambio, se presenta lleno de serenidad y de autoridad, capaz con sus intervenciones de llevar a Pilato a su terreno, conocedor de todo lo que va a pasar. El texto presenta un juego de pronombres personales, en el que claramente acaba vencedor el que comenzaba siendo más débil, el reo frente al pretor. Sobre ese juego de identidades, -el fuerte que no lo es, el débil que no lo es-, dos temas: la realeza de Jesús y la verdad a la que Jesús se debe. Ambas inquietan al representante de otra realeza y de otra verdad. Entre dos identidades, Pilato y Jesús, entre dos proyectos (Imperio romano y reino de Dios), y frente a las apariencias externas y coyunturales, «uno puede al otro». Jesús proclama con claridad diáfana: «Mi reino no es de este mundo». Contrariamente al mensaje de Jesús, esta frase se ha utilizado para apoyar una concepción espiritualista de la fe cristiana, como si fuera una orden de Jesús que prohíbe a sus discípulos intervenir en los asuntos mundanos.

Ciertamente, el reino de Dios no es de este mundo, en cuanto que no pertenece al sistema de justicia imperante, pero el proyecto de Jesús está destinado a «estar en el mundo», a «transformar las personas y las estructuras», como espléndidamente expresara el papa Juan Pablo II: «Donde está el ser humano padeciendo dolor, injusticia, pobreza o violencia, allí debe estar la voz de la Iglesia con su vigilante caridad y con la acción de los cristianos». Tras épocas en que la imagen de Jesucristo, Rey del universo, acercaba a la Iglesia a los poderosos de este mundo, las palabras y los gestos del papa Francisco, nos han ayudado a restituir esta imagen a su justo lugar: «Los pobres, los mendigos, son los protagonistas de la historia... En mitad de un mundo que duerme agazapado entre pocas certezas, los humildes preparan la revolución de la bondad». Y Juan XXIII, en su encíclica ‘Pacem in terris’, ensalzó espléndidamente los cuatro hermosos destellos del reinado de Cristo: «Verdad, amor, justicia y libertad». La verdad nos hará libres, con la libertad de los hijos de Dios; el amor nos convertirá en hermanos, con un profundo sentido fraternal de historia; la justicia nos hará solidarios, con los más pobres y desamparados de la tierra; y la libertad nos hará auténticos, con el corazón abierto de par en par a la rosa de los vientos. Así, pues, «aunque el mundo nos agobie, nos persiga, nos repudie, como hizo con Él, hemos de saber que el mundo y sus bestias no tienen la última palabra», como ha escrito Carmen Picó, hablándonos de la fiesta de Cristo Rey.