Las ofensas que nacen de la comparación no siempre son fruto de la envidia, sino que en muchísimas ocasiones se originan por la percepción de una injusticia manifiesta. La común realidad del día a día pretende bendecir el botín fácil, la astucia del pícaro y el éxito del pillo, en tanto que menosprecia el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio cotidiano de quienes han de desvelarse para culminar sus objetivos.

Parece como si, cada vez con mayor frecuencia, la excelente posición económica alcanzada por muchos aspirantes a ello, sea obra de maniobras turbias y otros factores nada encomiables, que sustituyen a los medios tradicionales consagrados y lícitos para ascender en la escala social. Esta nueva orientación que tiende a imponerse se muestra ya establecida desde la primera formación escolar, donde se suprimen pruebas, exámenes y controles en pro de una mayor facilidad para pasar de curso, aun careciendo de una base suficiente de conocimientos. Por supuesto, así no se evita el fracaso escolar. Solo se esconde. Y, de paso, se desmotiva al buen estudiante, privado de merecidos incentivos y recompensas por su trabajo.

Todavía más evidente es el agravio padecido por quienes, tras laboriosos años de estudio y esfuerzo descomunal, han ganado una dura oposición y ven cómo ahora se equipara al personal interino en idénticos derechos y funciones, regularizando su precariedad a fuerza de decreto. Claro que también los interinos, incluso los que se colaron por la puerta falsa, tienen todo el derecho a quejarse por la dilatada etapa de inestabilidad sufrida, lo que lleva a pensar que son las respectivas Administraciones responsables de los dislates las que debieran esmerarse para alcanzar una fórmula que no suponga un importante y lesivo agravio comparativo. La equidad nunca puede ser ostensiblemente injusta.