Opinión | TRIBUNA ABIERTA

«A mí nunca me pasa nada»

La conciencia feminista ha crecido espoleada por movimientos masivos, pero la solución no llega

«A mí nunca me pasa nada». Esta frase pronunciada estirando las palabras, como cansada de tener que repetirla. Mujeres a puñados la gastan a menudo en conversaciones con sus madres y padres, con seres queridos, cuando preocupados les reprochan no haber llamado desde casa para decir que están bien una noche que se hizo tarde, que salieron de cena, que estuvieron fuera. ‘A mí nunca me pasa nada’ es una frase de defensa, como un hechizo protector. Las mujeres que la usan creen que solo con decirla en voz alta se hace realidad, se levanta un escudo y la confianza extrema que implica esa afirmación se traslada al interlocutor. Todo está bien, todo irá bien.

El wishful thinking se ha convertido en el arma última de muchas mujeres que no quieren vivir con miedo ni sentirse vulnerables en la calle, a oscuras, solas un rato. Está comúnmente aceptado que las calles seguras, el urbanismo de género, son las que están bien iluminadas, con aceras anchas y con visibilidad. Como si la mujer tuviera que gozar de un estatus de protección, como las zonas que rodean los hospitales requieren de poco ruido, y los entornos escolares se pacifican al tráfico. Niños, enfermos, mujeres. Es fácil caer en la trampa de la perversión del sistema. ¿Por qué las mujeres necesitan protección? Un niño crece, un enfermo se cura o cuando menos estuvo un tiempo sano. Pero una mujer...el estigma de la debilidad siempre lo lleva a cuestas. Instituciones, políticos, pensadores le han dado mil vueltas al fenómeno de la violencia contra las mujeres, las mil formas específicas de la violencia sexual, y las masculinidades atrofiadas, mal entendidas, ofendidas cuando no descontroladas, están siempre allí, como el elefante en la habitación. Es el clásico hombre-ataca- a- mujer. La variante reciente, hombres-atacan-a-mujer. y el último giro de guion, hombres-atacan-a-una-menor.

Una menor ha sido violada salvajemente en Igualada. Salía de una discoteca, se le perdió la pista, la rescató un camionero que la creyó muerta. La brutalidad de la agresión indigna, incomoda. Hay quien se molesta por que se han hecho públicos los detalles del episodio violento. Como si no contarlos hiciera algún bien. Escondamos la tragedia, dicen, no hagamos un circo morboso de esto. Claro que hay riesgos en toda exposición mediática, pero es infinitamente peor cerrar los ojos, respirar hondo y anonimizar lo sucedido. Porque el detalle singulariza, da relieve al drama, lo destaca sobre todo lo que sucede a nuestro alrededor y por fin, quizá, mueve conciencias y empuja actos.

La madre de la joven de Igualada atacada ha pedido por carta a Pedro Sánchez que endurezca las leyes ante salvajadas como la que ha sufrido su hija. El debate sobre cómo ha de responder la sociedad ante este fenómeno se ha reabierto como una herida infinita. Ante un episodio similar en Reino Unido, la violación y asesinato de Sarah Everard , una política llegó a plantear un toque de queda para los hombres. Argumentaba que si las mujeres son tratadas como seres vulnerables, y las autoridades llaman a que «no salgan de casa de noche», ¿no debería considerarse al hombre, también de forma genérica, como ser depredador? Su lógica de razonamiento fue sepultada por críticas y desautorizaciones, por extremista. No se pueden limitar los derechos de, digamos, deambulación de la mitad de la población para garantizar los de la otra mitad. Pero nadie puede negar que puso de forma valiente una nueva perspectiva del tema sobre la mesa. Cuántas madres y padres vigilan o condicionan las salidas de sus hijas. Cuántas mujeres deciden coger un taxi o la hora de retirarse de un lugar influenciadas por su percepción de vulnerabilidad. ¿La libertad de deambular, de decidir, no está hecha para ellas?

El eje del problema no puede mirar solo hacia las que acaban siendo víctimas y su protección. Una mujer es violada cada cuatro horas en la España de 2021. Así consta en las estadísticas policiales, que admiten que ha crecido un 30% el fenómeno desde el año pasado, en que estábamos bajo los efectos de las restricciones de la pandemia. Y un 14% más que el año anterior, sin coronavirus. La conciencia feminista ha crecido espoleada por movimientos masivos como el Me too, pero el abordaje del problema real, cómo evitar que haya hombres que vejen y violen a mujeres, sigue a la espera, como la angustia recurrente que, de momento, solo se calma con aquel ‘a mí nunca me pasa nada’, que enarbolan mujeres que quieren seguir siendo libres.