Como está demostrando la Cumbre global sobre el cambio climático en Glasgow, lo que avistamos en nuestro derredor no parece muy halagüeño.Pareciera que estamos abocados a un futuro sin esperanza, alarmante y acuciante si no ponemos remedio a tiempo. Tic tac tic tac…

P. Blom, filósofo alemán, estudioso preocupado por el calentamiento global nos propone en 'Lo que está en juego' que nos imaginemos en el 2070 a una joven historiadora que se proponga investigar las primeras dos décadas del siglo XXl. Se alarmará ante la evidencia de por qué algunos poderosos se aferraron con tanta fuerza a un modelo de sociedad cuyo modelo económico era peligroso para la Naturaleza. Se preguntaría si estuvieron a tiempo de encontrar soluciones o bien consideraron que el mundo es como es y no puede ser de otra manera. Faltó una idea de futuro, esa sería su segura conclusión.

El cambio climático por el contrario es un fenómeno que afecta desde fuera al mundo natural y es un proceso que solo atrae la atención mediática por la acumulación cada vez mayor de catástrofes como huracanes, sequías, mareas vivas o diluvios. El avance gradual de los desiertos, la subida milímetro a milímetro del nivel del mar con imágenes de gente desesperada ante sus viviendas destrozadas por el temporal.

Tomemos como ejemplo un simple vaso de agua.  En nuestro mundo el agua es un bien cada vez más precioso por causas diversas. Es motivo de guerras, fuente de poder, objetivo de intercambios comerciales, medio de presión, causa de movimientos migratorios y un largo etcétera. En algunos lugares se encuentra cada vez a más altura y en otros directamente no hay agua.

Según el IPCC (Centro intergubernamental de expertos sobre cambio climático) hay una pérdida de biodiversidad evidente en el planeta y el calentamiento global ha golpeado al mundo rico y más aún a los países pobres. Estas no son sino los primeros síntomas de unas transformaciones que van a destruir todavía más nuestro clima y el mundo viviente como consecuencia directa del uso intensivo de combustibles fósiles desde hace décadas más la obsesión por el crecimiento económico y el consumo.

El sistema capitalista se ha vuelto suicida porque en lugar de enfrentarse a la emergencia climática se resiste a los cambios e intenta exprimirlos últimas pizcas de beneficios y ha emprendido una guerra contra las generaciones futuras.

Esta dirección equivocada tiene su reflejo en nuestras democracias al surgir movimientos populistas que deterioran la confianza en las instituciones democráticas, dudan de la ciencia y de la información veraz, lo que impide tomar conciencia de los peligros existentes, impidiendo los cambios inevitables desde un negacionismo irracional.

Libramos una guerra por el futuro o en su contra. El modelo para lograr un futuro diferente no puede ser otro que el del paradigma ecologista radical. Para huir de un presente sin esperanza, en palabras de Blom, es necesaria una energía utópica que sólo puede darnos un nuevo Pacto verde del conjunto de la Humanidad. En qué sociedad queremos vivir y qué estamos dispuestos a ceder, por qué mundo merece la pena luchar. No podemos permitirnos el lujo de ser pesimistas.

* Profesor