Desde que, tras la Revolución Francesa, se fueron al traste los reyes absolutos -«el Estado soy yo»- del Antiguo Régimen, las monarquías parlamentarias dieron un giro copernicano a la historia europea, hasta el extremo de que, en la actualidad, las socialdemocracias más avanzadas del orbe tienen a un rey, o a una reina, ejerciendo la jefatura del Estado.

Conviene tener muy presente el párrafo anterior cuando se oye que las monarquías son instituciones arcaicas, periclitadas, que resaltan los defectos de quienes las encarnan. Una cuestión que en España se halla actualmente en el candelero, al conocerse la conducta privada poco ejemplar de Juan Carlos l, al que, después de la abdicación y el escándalo, le hicieron tomar las de Villadiego.

La valoración del rey emérito, que en los primeros años de su reinado obtenía el máximo reconocimiento de la opinión pública, cayó en picado cuando confesó que había tenido una equivocación yendo a cazar elefantes en plena crisis. Estado de cosas que, sin extirpar la presunción de inocencia, se agravó al llevar a cabo dos regularizaciones fiscales, entregarle a su amante germana millones de euros con una prodigalidad sin parangón e incluso cobrar por sus exitosas gestiones ferroviarias opíparas comisiones, equivalentes -eso también- a las que se obtienen con el comercio de Estado, que todo hay que decirlo si no queremos caer en el tartufismo más agudo.

Conocido lo antecedente, la pregunta es si un proceder privado tan reprochable borra los grandes aciertos institucionales del pasado, hasta el extremo de llegar a la petición de que la monarquía sea sustituida por un régimen republicano, donde los antimonárquicos, por el mero hecho de serlo, caen en el error, varias veces cometido en este país, de creerse republicanos categóricos.

Nuestra respuesta a dicha interrogación de doble filo es rotundamente no, porque malgastar un éxito no lleva consigo su inexistencia, pues la tozuda realidad -en este caso «la devolución de España a los españoles», si usamos la frase certera de Julián Marías- no pueden borrarla ni los errores propios ni el sectarismo ajeno.

Antes de continuar cabe reflexionar sobre lo siguiente: en la vecina Francia nadie ha quitado, por ejemplo, el nombre a las calles que ostentan el del gran poeta Rimbaud, aunque éste, en su madurez, ejerciese de negrero y de traficante de armamento en tierras africanas. Reflexión que se puede ampliar teniendo presente que en España hay calles, plazas y avenidas con el nombre de Dolores Ibarruri ‘Pasionaria’, que fue persona dilecta y protegida de Stalin -a quien reverenciaba-, siendo innegable que el soviético, junto con Hitler, componen el dúo de mayores genocidas que se conoce. Hechos más repudiables que el delictivo bochorno de defraudar al erario.

Respecto a que la conducta de un individuo determina, o salpica, a su descendencia, es la tesis sostenida por cierto progresismo paleto e iconoclasta que se complace derribando estatuas y jactándose de no creer en la transmisión del bíblico pecado original pero que, cuando les conviene, lo restauran en beneficio de su interés.

Todo lo escrito –alineado con nuestro criterio accidentalista sobre la forma de la jefatura estatal- no impide que, siguiendo los pasos marcados por la Constitución, pueda cambiarse la configuración del Estado. Pero lo peligroso en la España de las dos Españas vociferantes y una amplísima tercera España razonable y silenciosa, es que, retornando a nuestros seculares antagonismos, el facherío posfranquista se considere paladín de Felipe Vl, al que hace un flaco favor ya que su auténtico quehacer es, como corresponde a los ultrareaccionarios, insertarse en la democracia para desbaratarla. Y resulta igualmente peligroso que, en la otra punta, la izquierda más cateta, esa que presume de ilustrada siendo experta en tropezar con la misma piedra, parezca desconocer la belicosa y terrible historia nacional contemporánea. Lo que no le sucede al socialista Alfonso Guerra, que, sabiéndose republicano, recientemente, cuando le preguntaron si veía a la princesa Leonor reinando en España contestó, de inmediato, que no le cabía la menor duda.

* Escritor