Merece la pena ir este fin de semana a Castro del Río y visitar la Xlll edición de la Feria de la artesanía Ars Olea. Buen atractivo para deambular por el barrio de La Villa que lo recuerdo durante mi última visita tan limpio y cuidado, con ese aroma de pueblo tan difícil de conservar en las capitales de España. Única manera de que no se volatice con modas y malos modos la tradición. Por ejemplo, la artesanía de la madera de olivo y miremos al pasado lejano. Las puertas del santuario del templo de Salomón estaban construidas con madera del árbol sagrado de la mitología griega; y según los antiguos, el olivo salvaje, el acebuche, tan avaro en lo de dar fruto, lo compensa con fina madera. Una forma de relacionar lo antiguo con lo nuevo y moderno: los muebles con madera de olivo. Yo conservo unas sillas que heredó mi abuela de sus antepasados como verdaderas joyas. Eso no lo sabían los que durante nuestra guerra «incivil» se llevaron unos pendientes que pertenecieron a mi bisabuela y dejaron las sillas. Las personas que saben y piensan por sí mismas, no solo no reniegan de los pueblos, sino que viven en ellos, como hizo Castilla del Pino con su Casa del Olivo. Buenavista de los Olivares, así la llamo yo a la mía en la Almedina de Baena y lo atestigua un azulejo hecho artesanalmente en Doña Mencía. Por sus calles estrechas vuela de madrugada el espíritu de don Juan Valera, al igual que en Castro lo hace el alma de don Miguel de Cervantes aupado en el caballo de Don Quijote y acompañado del espíritu de Sancho Panza. El Guadajoz ya no es lo que era, pero también nos queda su espíritu.

** Periodista