Las nuevas tecnologías son una herramienta llena de posibilidades para el mundo laboral, la vida cotidiana y el ocio, siempre que su uso no se convierta en abuso. Y eso es lo que está ocurriendo ya, sobre todo en el sector de la población más vulnerable, el de los adolescentes. Recientemente los medios de comunicación se hacían eco de un caso clínico, el primero en el mundo, que debería sacudir conciencias, el de un menor de Castellón hospitalizado durante dos meses por su grave adicción a un videojuego llamado Fortnite. No se trataba de un mal estudiante sino todo lo contrario, de un chico con un alto rendimiento académico que sin embargo empezó a faltar a clase y a perder el ritmo en los estudios y en el comportamiento diario hasta caer en una ansiedad tan desbocada que alertó a los padres.

La trascendencia del asunto, sobre todo mediática, ha despertado las alertas de una sociedad apática y comodona que a veces prefiere mirar para otro lado y dejar que las complejidades se resuelvan solas. Porque lo cierto es que, arrastrados por mil turbaciones de la juventud, esa etapa cargada de inseguridades, y con la ayuda siniestra de la pandemia y sus restricciones, cada vez es mayor el número de jóvenes, incluso de niños, enganchados a las pantallas. En concreto, según un informe publicado por este periódico, un 11% de la población española de entre 15 y 24 años utiliza compulsivamente internet; y se elevan al 19% los chicos y chicas –aunque ellas menos- expuestos a un uso de riesgo de las redes sociales. No parece que los datos de este país sean los peores. La excesiva conexión digital de los de menos edad –también de muchos mayores, pero esa es otra historia- es un fenómeno universal. Tan peligroso que en China, imperio cibernético donde los haya, el desmadre es tal que se prohibirá a los menores dedicar más de tres horas semanales a los videojuegos, mientras a las empresas que los fabrican se las obligará a dotarse de medios para controlar su empleo so pena de cuantiosas multas. Lo mismo que Carlos Marx veía en la religión «el opio del pueblo», para el Gobierno del gigante asiático la dependencia a los videojuegos es «el opio espiritual» de los jóvenes, un problema social que amenaza su futuro física y mentalmente, así que cortan por lo sano.

Sin embargo, por lo general los expertos en nuevas tecnologías no comparten procedimientos tan drásticos. Las medidas extremas, puntualizan, a la larga suelen ser contraproducentes, y añaden que lo mejor es acudir a la autorregulación, si fuera posible, y por supuesto a la responsabilidad de los padres. Y es que el papel de la familia es fundamental en todos los tratamientos de adicción, pero en el caso de los menores y adolescentes colgados de las maquinitas es imprescindible. Cabría empezar diciendo que lo primero es darles ejemplo, aunque la cosa no es tan fácil. Sí, muchos padres y madres viven pegados al móvil; pero es que internet, los correos y los watsaps son para ellos un arma laboral más, a veces casi la única como ha ocurrido con el teletrabajo y las inacabables jornadas a distancia impuestas por el covid. Lo que sí pueden y deben hacer es vigilar a sus hijos y estar pendientes de las señales de alarma (la atención disparada al juguetito, el olvido de lo demás, aislamiento en casa, agresividad...), ponerles límites y cumplirlos, si es necesario requisando la pantalla. El juego en sí no es malo, de hecho es un medio educativo más. Sobre todo para estos críos que aprenden a darle a la tecla antes que a andar. Lo malo, como siempre, son los excesos. Y la triste sensación de que los nativos digitales prefieren el mundo virtual al real.