La celebración de la Semana Europea de la Movilidad, tras el paréntesis del pasado año por la pandemia, ha vuelto a recordar la necesidad de fomentar el transporte sostenible y de reducir el uso del coche. Y eso en tiempos en que el covid, junto a la creciente amenaza del cambio climático y sus cada vez más cercanas consecuencias, reclaman con fuerza espacios saludables y una forma de vivir más respetuosa con la naturaleza. De hecho, parece que la tendencia va por ahí, que por fin empezamos a verle las orejas al lobo. Según datos de la Asociación de Marcas y Bicicletas de España (AMBE), en 2020, el año que vivimos peligrosamente, se disparó la venta de estos vehículos en España, afianzando la tendencia que ya apuntaba antes de la llegada del virus fatídico. Más de millón y medio de bicis salieron de las tiendas, un 24% más que en 2019. Y es curioso que la mitad de ellas fueron modelos eléctricos, a pesar de que no son precisamente baratos (alrededor de 2.500 euros) y de que, a diferencia del resto de Europa, en este país la subvención pública para adquirir bicicletas es casi inexistente, mientras que sí se incentiva el coche eléctrico, cuya demanda, por cierto, se ha duplicado en Córdoba. Buena parte de los nuevos usuarios procedía del transporte público --al que poco a poco, conforme disminuyen los contagios, se le va perdiendo el miedo por la inseguridad sanitaria--. Pero la mayor sensibilidad de los ayuntamientos a la hora de facilitar el tráfico urbano de vehículos de movilidad personal también ha contribuido a su éxito.

Aunque para éxito el de los patinetes eléctricos, una moda que empezó siendo poco más que un juguete y hoy se ha convertido en el medio de transporte preferido por los jóvenes. Pero no hay nada nuevo bajo el sol. El historiador José Manuel Escobar Camacho, secretario de la Real Academia de Córdoba, me comentaba el otro día que los patinetes con motor ya se veían por las calles europeas y estadounidenses hace más de un siglo. También me informó de que en internet abunda un material gráfico, de indudable interés histórico, que muestra a señores y señoras –ellas con pinta inequívoca de avanzadas sufragistas- montados en su monopatín. La indicación de Escobar, que es medievalista pero está en todo, me llamó tanto la atención que quise saber más del invento y me metí en Google. El buscador da cuenta de que los primeros kick scooters, que así se llamaban, empezaron siendo de madera; hasta que en 1915 apareció en Nueva York la versión motorizada, denominada Autoped por el nombre de la empresa que la fabricó, un «vehículo autopropulsado», como lo definía la prensa de la época, que estaba entre el patinete y una motocicleta sin asiento.

En España, sin embargo, empezamos a saber de este chisme cuando las revistas del corazón se llenaron de imágenes de Jaime de Marichalar, un señor triste y como sacado de un cuadro de El Greco que entonces estaba casado con la infanta Elena, trazando airosas cabriolas por Madrid a lomos de tan peculiar caballería. Ahora el patinete se ha popularizado tanto por nuestras ciudades que desde el pasado 2 de enero rige una normativa de circulación para vehículos eléctricos de movilidad personal que controla su buen uso y el de las bicis, en ocasiones desmadrado. La prueba es que desde la entrada en vigor de la norma --que aquí desarrollará una ordenanza municipal de tráfico ahora en preparación-- la Policía Local ha puesto ya en Córdoba cerca de 200 multas, sobre todo por circular por la acera y zonas peatonales o superar los 25 kilómetros por hora. Y es que el equilibrio, a veces difícil, está en el uso de un transporte limpio que no avasalle al peatón.