En septiembre, a pocos días para que comience el otoño, nos viene siempre a la memoria el recuerdo de nuestro querido poeta cordobés, Leopoldo de Luis, y nos gusta evocar sus versos encendidos: «Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa / y caen en el estanque solitario del alma...». Más adelante, el poeta nos invita a escuchar «la voz honda del tiempo», en consonancia con las palabras tan conocidas del libro del Eclesiastés, que nos dicen que hay un tiempo para todo. «Todo tiene su momento oportuno: Hay un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar; un tiempo para destruir, y un tiempo para construir; un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para callar, y un tiempo para hablar...». Ahora, cuando acaba de levantarse el telón del nuevo curso escolar, académico y político, es «tiempo de planificar, tiempo de pensar en los demás, tiempo de sumar». Podemos decidir volver a lo de siempre o podemos marcarnos nuevos objetivos, estando dispuestos a trabajar con ilusión para hacerlos realidad. Podemos hacer frente a la incertidumbre y a las dificultades reinventándonos y recreando nuevas formas de relación, tanto familiares y sociales como laborales, o por el contrario, cruzarnos de brazos en una apatía que raya con la anestesia colectiva. Ahora, cuando se reavivan los problemas que quedaron pendientes, es tiempo de pensar en los demás. Una enfermera anónima decía, en una breve entrevista televisiva, que esta catástrofe de la pandemia nos haría mejores personas. Ojalá tenga razón. Es lo que de verdad esperamos de esta crisis: que haya servido para algo, que haya sido útil para fortalecer aptitudes que, por lo general, son ignoradas en nuestras sociedades posmodernas. Pensar en los demás es no actuar con fines partidistas e injustos. Tenemos que aprender a vivir con la incertidumbre, a hospedarla en nuestra conciencia y a tolerarla. La incertidumbre respecto a nuestro futuro social, económico, laboral, educativo, cultural, sanitario y espiritual, es patente. Todo está abierto. En tercer lugar es «tiempo de sumar».

Es enriquecedora la diferencia de criterios y opiniones, pero es necesario que nuestros representantes políticos favorezcan alternativas que se abran a la solidaridad y tengan presente el bien común. Es imprescindible dejar de lado la crispación y no convertir en arma arrojadiza las dificultades que vivimos, para mirar hacia adelante con ánimo de construir una sociedad que avanza, crece y en la que cabemos todos. El papa Juan Pablo II, ya en los altares, puso en marcha la Nueva Evangelización, -nuevo ardor, nuevos métodos, nuevas expresiones-, Benedicto XVI nos invitó a emprender la «civilización del amor», y el papa Francisco nos habla constantemente de la «revolución de la ternura», basada en la cercanía de Dios, que «está con nosotros y se fía aún de nosotros». Con el comienzo de cada curso, con la apertura de las aulas, se inicia un nuevo proceso de educación. Para el Papa, «el objetivo final de la escuela es promover una sabiduría que implique el conocimiento, la valoración y la práctica, ya que, desde este modo, puede contribuir a la felicidad colectiva de un modo incalculable». Cuánta responsabilidad en nuestros docentes, en las familias, en los alumnos. Espléndida la visión que tiene el papa Francisco de la Universidad: «La Universidad es el lugar privilegiado en el que se promueve, se enseña, se vive la cultura del diálogo, que no nivela indiscriminadamente diferencias y pluralismos, -uno de los riesgos de la globalización-, sino que abre a la «confrontación constructiva», a comprender y laborar la riqueza del otro como factor de crecimiento».

* Sacerdote y periodista