En La Montaña mágica de Thomas Mann, cuando uno de los personajes le manifiesta al protagonista, Hans Castorp, que hablar es una necesidad humana, este le contesta que incluso se podría decir que es un derecho, pero que, en su opinión «hay derechos que es mejor no usarlos». Si entendemos el acto de hablar como una forma de comunicación, esta ha variado a lo largo del tiempo, desde su forma oral a la epistolar, luego llegó el gran salto del teléfono, con sus innovaciones sobre todo con los móviles, o en la actualidad con la gran diversidad representada por las redes sociales. Desde esa perspectiva, nunca se ha hablado tanto como ahora, estamos informados de cuanto le pasa a familiares amigos, conocidos o personas ajenas a nuestra vida. Ese aumento cuantitativo no se ha traducido en una mejora cualitativa de aquello que contamos, casi a diario nos llegan las quejas acerca de la falta de rigor de muchas de las informaciones transmitidas a través de diferentes medios. Es decir, hablamos más que nunca, pero no mejor. Una prueba la obtenemos si observamos los comentarios expresados por los espectadores en aquellos programas de televisión que permiten ver las opiniones en una faldilla de la parte inferior de la pantalla, pues el nivel medio de lo que leemos resulta lamentable, e igual podríamos decir si analizamos otros medios. Esto no quiere decir que en ciertos casos esas formas de comunicación no posean también utilidad, la tienen, y como otros muchos adelantos técnicos todo está en función del uso que seamos capaces de darle.

Hablar está unido a otra palabra asimismo vinculada a nuestra condición humana, la de dialogar. Y en este sentido resulta esclarecedor lo recogido por don Antonio Machado entre los proverbios y cantares que incluyó en Nuevas canciones, donde encontramos uno muy conocido: «Para dialogar,/ preguntad primero;/ después… escuchad». Entre esas palabras merece la pena destacar la última, en una de cuyas acepciones nos dice el diccionario que significa «prestar atención a lo que se oye». La esencia del diálogo reside en atender a lo que el otro nos dice, pero muchas veces estamos más atentos a lo que decimos cada uno de nosotros, de tal modo que el supuesto diálogo se traduce en una serie de monólogos sucesivos, en los cuales prima el «yo» por encima de cualquier otra consideración. Así, todos hemos sido testigos de conversaciones en las cuales cuando a alguien le preguntan acerca de un asunto determinado y responde, a continuación el que ha iniciado la conversación no sigue la línea iniciada, sino que narra algo que a él le ha pasado, bien sea una enfermedad, un viaje, la lectura de un libro, el incidente con el coche o el contenido de una película. Es decir, te preguntan, pero no te escuchan, porque a continuación lo que expresan es aquello que de inicio pretendían que supieras: su experiencia, lo que a él o a ella le ocurrió.

Así se llega a una especie de diálogo de sordos, que también está presente en la vida política. Por ello, en este inicio de curso no estaría mal que entre los muchos propósitos que nos planteamos estuviera el de aprender a escuchar, tanto los ciudadanos, cada uno a nuestro nivel, como quienes tienen responsabilidades públicas, entre otras cosas porque la situación lo exige, porque es preciso dejar de mirarnos a nosotros mismos y tener en cuenta al otro, lo cual incluye por supuesto ser inflexible con algunas posiciones políticas inaceptables. Además, deberíamos evitar la transmisión de las falsas noticias, porque ya nos advirtió Kant que quien las inventa, y las propaga añadiría yo, «no juega con ello una mala pasada a nadie en particular, sino a la humanidad en su conjunto, puesto que de universalizarse su comportamiento se frustraría el deseo de saber, que es común a todos los hombres».