Opinión | ENTRE LÍNEAS

El recibo de las vanidades

Lo que está pasando con la polémica del recibo de la luz me recuerda en ocasiones a la obra de Tom Wolf ‘La hoguera de las vanidades’, porque «entre todos lo mataron y él solito se murió», como también resume muy bien el dicho popular. Verán: resulta que en el sector económico más regulado de España, a través de 3.500 folios de sesudas normativas específicas, se le ‘escapa’ algo tan simple como que en la subasta del precio de la energía ésta la condicione el productor más caro. Un ‘errorcillo de nada’, pero que le supone en estos meses a los ciudadanos en conjunto cientos de millones de euros.

Lo primero que toca es hacer autocrítica de los medios de comunicación, que han convertido el caso en la gran serpiente de verano, especialmente en los largos magazines de TV para llenar minutos en plena sequía informativa y sin temas que llevarse a la boca salvo el de la pandemia y éste que nos ocupa: el del alto coste de la luz. Mientras, pasan desapercibidas otras sospechosas subidas, como la del 18% de la gasolina desde principios del año (el 51% son impuestos), la del 14% de la joyería y bisutería o la del 10% de los consumibles de informática. Luego está el que algunos opinen sin saber diferenciar una empresa productora de energía de una distribuidora, comercializadora y hasta poniendo al mismo nivel a un electricista y una tienda que vende enchufes.

Y mientras la gente está que trina. Da miedo poner un aparato el aire acondicionado central sabiendo que te sale, con impuestos directos y ‘políticos’, a casi un euro la hora. Por cierto, un dato muy útil del que se habla poco pero que debería tener todo consumidor en mente.

Pero además, el estamento político no ayuda si no le mete mano al mercado mayorista de electricidad inmediatamente, copado por esas grandes empresas en donde, por cierto, ilustres responsables del PP y del PSOE han encontrado trabajo tras dejar cargos públicos. Era algo que venía criticando desde sus inicios Podemos, esto de las ‘puertas giratorias’, aunque últimamente tampoco se ha oído al ministro de Consumo, Alberto Garzón, hablar sobre el desaguisado del precio de la luz, quizá, y permitan la ironía, aún atragantado con un chuletón de Ávila, pese a que siempre es más fácil digerir.

Cinismo aparte, también es cierto que hace justo dos días desde la cartera de Consumo y la de Derechos Sociales han propuesto al Ministerio para la Transición Ecológica (el de ‘Energía’, para entendernos) una reforma inmediata por decreto-ley del mercado eléctrico, que bajaría la factura de la luz fijando un precio para la energía nuclear y un máximo para la hidroeléctrica. Queda por ver en qué queda esa iniciativa, ya que la decisión de bajar el IVA afecta en poco al recibo y no hace más que dejar al descubierto las vergüenzas de todos los gobiernos anteriores. «¿Por qué en todo este tiempo pasado ha estado gravada la luz, que es un bien básico, con tanto IVA? ¿Y ese otro 40% de impuestos incomprensibles que tiene la factura?», se pregunta más de un consumidor.

Con tanta gente implicada, quizá la simplicidad es el mejor camino para señalar a los causantes: si alguien hace algo malo -como revender carísima la electricidad- porque está ‘obligado’, la responsabilidad se reparte tanto entre el actor (para entendernos, el que se lleva el dinero) como con el que lo consiente, el legislador. Sin olvidar que también todos nosotros, los ciudadanos y votantes, somos muy permisivos con los que están obligados a hacer una normativa mejor inmediatamente.

TEMAS