Opinión | bajo el puente de hierro

Naufragio

Corren tiempos urgentes, de inmorales exigencias, y hay que erigir faros que iluminen

No es romperse. No hay estruendo, ni piezas afiladas en el suelo, ni colmillos de loza ni una cordillera de cristal. No es hundirse. No es asfixia, sólo una delicada apnea, compatible con el supermercado, con el Sálvame, con las obligaciones diminutas, incluso con la risa; concisa y queda. Una sonrisa como la piel de una roca. Una sonrisa en las entrañas. En el bosque oscuro de las vísceras. Dentro somos noche. La carne aísla la luz, todo ser humano alberga su propia cueva. No es huida, porque nos empeñamos en permanecer, por amor o por costumbre, en los sitios donde fuimos felices. Pese a la niebla. Pese al sofá resquebrajado. Pese a la letanía de las gotas en el fregadero. No es algo que irrumpa ruidoso como un pasacalles. No es algo que chisporrotee en el cielo como una bengala. No es algo que alguien pueda ver, ni siquiera a lo lejos, en nuestros ojos. Es algo líquido, más bien. Es una negra inquietud, un temblor de seda, un nimbo en las clavículas. Es el maremoto de un desierto, es una madrugada cegadora, es estar solo rodeado de gente. Ya sabemos. Hay que cuidarse, no hay que tomárselo todo a la tremenda, sólo necesitas unas vacaciones… hasta las tazas y los azucarillos nos escupen sus consejos vitales. Pero hay una fiera encrespada dando vueltas en la jaula de nuestras costillas, que se afila las garras en nuestros huesos, que nos reta, que, a veces, escapa.

Qué es ser fuerte sino convivir con ese dolor selvático e invisible. Qué es ser fuerte sino aguantar impávido sus rugidos, palparle las mandíbulas, reconocerlo, hijo de puta, viejo amigo. Y qué es la debilidad sino creerse más fuerte que los demás, decir que esta ansiedad no es bestia sino peluche; como enseñar a la ciudad bombardeada lo que es la arquitectura, como escribir con letra refinada sobre los garabatos recién hechos. Bravo es el mundo y suaves nuestras huellas. Pero seguimos. O paramos. Saltamos o nos tumbamos en el suelo. Somos invasores de las tristezas ajenas. Y a veces, claro, bautizamos frágiles a quien lleva años buscando, con valentía y dureza, la salida de su laberinto.

«Yo decía que el mundo es absurdo y me adelantaba demasiado. Todo lo que se puede decir es que este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo llamamiento resuena en lo más profundo del hombre», escribió Albert Camus en El mito de Sísifo. Y luego: «El actor reina en lo perecedero. Entre todas las glorias, la suya es, como se sabe, la más efímera». No es Simone Biles, no es Rafa Muñoz, no es Robert Enke; es algo aún más cercano. Dicen los astrofísicos que hay luz tras los agujeros negros. Lorazepam y hastío.

Julián Bellón, el protagonista de Prórroga, mi primera novela, abandona el fútbol con veintidós años. Es incapaz de ponerse bajo palos sin sentir una pesada sombra sobre los hombros. Él no lo llama depresión. Sólo siente una pena interminable; traslúcida y urticante como la medusa. O miedo. Un miedo desgarrador. Un miedo en carne viva; a fallar a su familia, a sus compañeros, a su entrenador y a sí mismo. Nunca cree estar preparado para lo grande, por eso se refugia en la intrascendencia, en las rutinas del exceso. La voracidad del ratón. Una insaciable hambre de nada. No hace falta tener talento para sentir esta siniestra congoja. No hace falta ser nadie para sentir este universal vacío. Cada día nos enfrentamos a la vida con los párpados en llamas. Cada día escuchamos lo que hacemos mal. Y muchas veces, en el recogimiento y el hartazgo, en los agotamientos azules, nos preguntamos si esta deriva oceánica merece ser vivida. Si estamos a la altura. Si obramos con hondura o con intrascendencia. La noche es un telón tiroteado que tapa, a duras penas, el sol. Avanzamos por decoro, nos rendimos por dignidad. Pero anida la fiera en el corazón, cómoda y siniestra.

Vivimos tiempos urgentes, de tempestad, de inmorales exigencias. Hay que erigir faros que iluminen hacia dentro. No hay que menospreciar la fuerza del mar ni presumir de navío. El fondo del mar es un cementerio de acero oxidado y madera invadida por el coral. Somos, por encima de todo, naufragio futuro.

* Escritor