Los que pasamos las vacaciones en Fuengirola sabemos cuál es el problema principal de la estancia aquí. No es el traslado de armas y bagajes, a veces bastante complicado, como vengo a contar casi todos los años en estas páginas. Tampoco es demasiado difícil elegir restaurante para cenar, pues se pueden barajar muchas opciones: chiringuito, pizzería, marisquería, asador, hamburguesería, kebab, restaurante convencional o indio, chino, argentino, peruano, mexicano británico, belga... Y, aunque sea constante tema de conversación, no tiene demasiada importancia decidir dónde tomarse el espeto de sardinas, que si es más barato aquí, que si allá ponen más; que si son más grandes acullá... Diríase que ni siquiera es importante la elección de playa, porque la hacemos en función de la cercanía o de dónde se encuentren nuestros amigos o los de nuestros hijos. Aquí el único problema grande, gordo, estresante e irresoluble es encontrar aparcamiento.

Hay quien llega a Fuengirola y tras dar miles de vueltas hasta que consigue aparcar, no vuelve a coger el coche salvo para regresar a Córdoba y, mientras, se mueve en autobús o en taxi, que con el aumento de población que experimenta la ciudad, ejecutan su ruta de modo irregular, con adelanto o retraso, y en el caso de los taxis, cogerlos se convierte en lotería. Paralelamente, surgen los pícaros: los que avisan a su amigo cuando van a salir del aparcamiento, para que ocupe el sitio; los que salen, pero dejan una moto en su lugar; los que, en vez de aparcar en batería, lo hacen en línea y así guardan una plaza para el cuñado -cuñao en este caso suena mucho mejor-. Sí, sí, para el cuñao. Estas cosas no se hacen por un hijo o por un hermano, pero por un cuñao, sí. Comprendo que los fuengiroleños nos odien.

Los sábados y los domingos mi terraza se convierte en un observatorio antropológico. Desde horas muy tempranas, comienzan a llegar coches que, invariablemente, paran en el paseo marítimo, dejan allí a la mujer y a los niños con sus flotadores, cubitos y palas; si son adolescentes, contemplan los tejemanejes con cara de asco y mirada de desprecio. Descargan sombrillas, sillones, neveras, bolsos, etc. Desde un punto de vista feminista me pregunto por qué no es la mujer la que conduce y deja al marido en la playa. Y sola me contesto: Porque ella no quiere. Tendría que pasar la mañana buscando aparcamiento por los montes.

 ** Escritora y académica