Ahora esta de moda, aunque para muchos es nuestra manera de vivir, hablar de lo que algunos llaman “la España vaciada”. Una España rural y que se va despoblando, pero que vela por nuestras costumbres, por nuestra identidad, una España que mantiene las tradiciones intactas y da sentido a nuestra singular y diversa riqueza cultural, una España que se siente participe del progreso de nuestra sociedad, una España silenciosa y serena, pero necesaria para entender lo que realmente es España.

Sin esta España rural no sería posible concebir nuestra forma de ser, sin embargo, cuando se habla de despoblación y reto demográfico, no comparto, ni me gusta, ni acepto, la expresión “fijar la población al territorio”. 

Las personas que vivimos en zonas rurales con declive demográfico, para entendernos: en pequeños núcleos de población; y que perdemos año a año habitantes, que vemos cómo se van nuestros hijos y amigos en busca de oportunidades, no somos árboles, no se nos puede fijar con pegamento a un lugar, no se nos puede pedir que permanezcamos en nuestro entorno si no se nos ofrecen oportunidades o simplemente, no tenemos a nuestro alcance los mismos privilegios o servicios que los ciudadanos de las zonas más pobladas. No es justo.

Me llama la atención que eruditos intelectuales y que residen en grandes ciudades, desde su desconocimiento porque nunca han pisado, y menos aún vivido durante un tiempo, un pequeño municipio, hablen de cómo dar solución a la despoblación que sufren nuestros pueblos y cómo hacer que éstos crezcan, no sólo haciendo que sus habitantes quieran permanecer en ellos, sino atrayendo personas a estos lugares.

Los residentes de nacimiento, adopción o acogimiento de zonas rurales, nos hemos acostumbrado de manera silenciosa, a vivir, por ejemplo, sin médico de urgencia las 24 horas, sin centros de la administración para realizar trámites, teniendo que desplazarnos a otros municipios a poder cubrir algunas necesidades básicas con escasos servicios públicos de transporte, e incluso padecer o sufrir la ausencia de conexión digital, al disponer de poca cobertura de banda ancha. Pero no se nos puede pedir más.

Me niego a que se nos pida, sin que se nos presten los servicios básicos necesarios, sin que se nos ofrezca las herramientas necesarias para desarrollar y atraer talento, a que limitemos nuestra movilidad, no acepto que se nos pueda condicionar ni se nos arroje a nuestras espaldas, además de lo que ya sufrimos, la responsabilidad de que estas zonas sigan pobladas.

Soy de los que piensan que los habitantes de las zonas rurales debemos poner en valor nuestro entorno, un espacio libre de estrés, un medio ambiente muy saludable y un lugar único para poder alejarnos de los ruidos de la comunidad y poder desarrollar con calma y sosiego un trabajo más ingenioso. Vivir saludablemente.

Con estos mimbres, poniendo en valor nuestras cualidades, debemos atraer el talento, emprendedores que puedan desarrollar su trabajo a distancia en nuestros municipios, debemos crear espacios digitales que permitan desplegar con normalidad las nuevas relaciones laborales tecnológicas que han surgido, debemos aprovechar las sinergias de esta revolución digital para atraer capital humano y empresarial a las zonas rurales.

Es por ello, que los municipios tenemos que aprovechar los 14.407 M€ que se destinan de los fondos de Transformación, Recuperación y Resilencia a mejorar la agenda urbana y rural, a la lucha contra la despoblación y al desarrollo de la agricultura. Al mismo tiempo debemos apostar, en las zonas rurales, por todo aquello que tiene que ver con las energías verdes y limpias, debemos crear ecosistemas resilentes, manteniendo, al mismo tiempo, el equilibrio de nuestro ecosistema y la sostenibilidad de nuestra biodiversidad, permitiendo una transición ecológica justa y con escaso impacto medioambiental. Tenemos que digitalizar el mundo rural para crear nuevas oportunidades y éste es el momento. No perdamos este tren “verde y digital”.

* Senador del PSOE