Hay quienes, en ese penoso afán de ver la paja en el ojo ajeno, o por emperrarse en creer que todo el monte es orégano para poder justificarse, vienen ahora a calificar a los madrileños como nacionalistas. Y, aunque suene a chiste, tal vez lleven razón en una cierta manera. Es posible que exista un nacionalismo madrileño. Pero, si lo hay, en todo caso es un nacionalismo que no busca su propio estado para separarse de Andalucía, Guadalajara o Segovia. Ni tiene ni busca una identidad que no sea el mero resultado dinámico de una constante suma algebraica de personalidades de España y del mundo. Y definitivamente no cultiva una identidad excluyente con el propósito de arrojársela a la cara a los recién llegados.

Llevo ya décadas yendo a Madrid por muy diversos motivos: de paso camino de cualquier parte, por trabajo, por temas de salud, al fútbol, al teatro, a visitar el Prado, a comer, cenar, y tomarme unas copas con Gonzalo, esa Fuerza Desatada de la Naturaleza, y con otros innumerables colegas, conocidos y amigos. O por el simple placer de sumergirme con la mente en blanco en el fluir perpetuo de la ciudad que realmente nunca duerme, en cualquier momento del día y cualquier época del año. También por amor.

Durante todos estos años, Madrid no ha dejado de crecer. Y no solo en extensión y número de habitantes. Desde principios de los años ochenta, con la estrenada democracia y la Movida, la ciudad no ha hecho más que moverse como una capital emocionante, chispeante, también a ciertas horas inquietante, hostil e incluso peligrosa; pero ese es uno de los riesgos de la libertad. Una ciudad que atrae todas las formas de riqueza, talento y emprendimiento. Una ciudad acogedora para quien ve necesario y estimulante la competencia, pero también una villa humana y solidaria.

En el fondo, yo creo que a todos los que no nos desagrada la vida urbana, nos gustaría ser un poco madrileños para poder disfrutar de todas las posibilidades que ofrece. De ahí esa envidia, sana a veces y punzantemente agria con frecuencia. Sus detractores querrían verla hundirse en beneficio de otra capital más próxima. Se ríen de ella porque no tiene mar, al tiempo que pretenden que se ignore su estratégica centralidad y su mejor accesibilidad. Pero quienes amamos Madrid, queremos que a la capital le vaya bien, porque eso será señal de que España va avanzando por el buen camino. No creo que sea inteligente sucumbir a envidias y disputas entre el centro y la periferia. Bastaría con ser leales y solidarios al tiempo que reconocer las potencialidades, condicionantes, ventajas y desventajas de cada ciudad y territorio. De esa manera, si a tu vecino le va bien, algo te tocará a ti también. Y viceversa. En eso consiste un país.

Que por qué no vivo en Madrid. Pues porque Córdoba es ya una de las ciudades más bonitas, confortables y con mejor calidad de vida de España y del mundo, partiendo siempre de la base, claro, de que tengas un trabajo que te permita vivir con cierta dignidad. Por eso vivo en Córdoba. Bueno, a caballo entre Córdoba y Montilla. Porque, aunque soy urbano, es solo de segundo apellido, y porque también me gusta el silencio y el vino nuevo de tinaja.

De todas formas, siempre que puedo tiro para arriba, directo en el AVE o en el coche haciendo parada por cualquier sitio entre Valdepeñas y Aranjuez. Hace un par de años, presionado por los amigos para buscar alguna cosita en Fuengirola, sentí que tal vez debería dejarme llevar por mis impulsos y acabé con apartamento, pero por la Sierra de Guadarrama, curiosamente a la misma distancia del centro de Madrid que lo está Montilla de Córdoba. Porque yo creo que soy un poco madrileño, pero de periferia. Yo nunca he sido de meterme tan hondo en algo que ya no pudiera escaparme. Siempre he querido disponer de cierta distancia y perspectiva para, llegado el momento, poder cambiar de dirección. En eso consiste, pienso yo, ser madrileño de Córdoba.