Martes. El día ha sido malo. De esos tipo carrusel que terminan con una tristeza indefinida. Llegas a casa al filo de la madrugada y pones la tele. Están dando MasterChef 9, una nueva temporada de la que no has visto nada. Te pone nerviosa MasterChef, es la verdad, te sacan de quicio los postureos, la gente hablando a gritos, la alegría forzada (por no hablar de ese “sí, chef”), la propaganda de los vinos y esos platos a veces imposibles. Pero es un programa muy bueno, lleno de emoción e ingenio, a qué negarlo, y engancha. Se extiende hasta pasada la una de la madrugada y te preguntas qué hubieras hecho para acostar a la chiquillería si estuvieras en esa etapa de la vida con niños pequeños en casa (supongo que ponerlo al día siguiente).

Cocinan distintas aves en las pruebas eliminatorias y hay un chaval, casi un niño, que se deja el pollo crudo, o poco hecho. Está claro que lo van a eliminar. Hay otros dos concursantes que tampoco lo hacen muy bien, Jianping y Toni, pero los espectadores sabemos que forzosamente tienen que expulsar a José María. Tiene 18 años y debe pesar, como diría J.L., dos o tres kilos. Un cuerpo de alambre en una carita triste que nos cuenta en cuatro palabras una vida que debe habérsele hecho muy larga: “No conozco a mi padre, mi madre es toxicómana, me he criado con mi abuela”. Luego averiguo que la abuela tiene principio de alzheimer, y en otra conexión el joven aclara que no puede sentirse seguro de sí mismo, que nadie le ha dicho nunca que haga las cosas bien, que ir a este concurso es lo más importante que le ha pasado nunca.

Cuando lo ponen en la calle, como no podía ser de otra manera, se produce en el programa una corriente de dolor que yo diría sincera. Nadie quiere que se vaya. Todos querrían que hubiera tenido esa oportunidad que se merece, pero ahí está el pollo, que se le ha resistido a pesar de que tenía más tiempo para prepararlo que otros concursantes, y Master Chef, a fin de cuentas, va de cocinar. Parece que esta despedida es más larga que otras. El chaval llora, los compañeros de concurso lloran, los que se han salvado de la expulsión lloran. Los presentadores se conmueven, le explican que no han tenido más remedio que expulsarlo, le ofrecen apoyo al margen del programa, le prometen que estarán con él, que intentarán ayudarle a conseguir sus objetivos, o sus sueños, como se dice ahora tan absurdamente. Pepe Rodríguez le ofrece su compromiso, Samantha Vallejo-Nágera y Jordi Cruz están apesadumbrados.

Twitter se pone a revienta calderas. José María nos ha llegado al corazón. A mí se me han olvidado los disgustos del día, y pienso, como en ese momento lo deben estar haciendo miles y miles de espectadores, que yo de qué me quejo. Un planteamiento tramposo e injusto --pues cada cual no tiene más remedio que sentir sus propias vivencias y por esa regla de tres habría que descender a los abismos del mundo para permitirse un solo gesto de dolor o una lágrima--, pero inevitable. ¿De qué se queja España cuando hay tantos chicos como José María? Pues de muchas cosas importantes y urgentes, pero las lágrimas de José María y su difícil existencia nos han sacado de nuestro ensimismamiento, nos han agrandado la mirada, nos han dado un motivo para exigir una vida mejor para todos, nos han hecho un poco más solidarios.

Mientras en el Congreso de los Diputados se discute sobre los chicos inmigrantes, los Menas, en unos términos insoportables, José María nos devuelve la mirada del niño que tiene derecho a un futuro, como tantos en España, como los chicos que vienen en las pateras. Me gustaría que alguien mantuviera cierta vigilancia para saber si realmente se le ayuda, para que el joven no caiga en el olvido -sin convertirlo en un juguete televisivo, por favor-, o que MasterChef lo “rescate” más adelante como han hecho con otros concursantes en anteriores ediciones. José María, aunque sea en el marco del espectáculo televisivo, nos ha devuelto una humanidad que nos hacía falta en esta nube de odio que nos envuelve.

Y se agradece, mucho.