Linares lleva años lanzando su grito de auxilio, pero solo se ha hecho oír por un suceso, la agresión de unos policías fuera de servicio a un hombre y su hija y los disturbios que siguieron a esta acción. Al igual que nadie puede creerse que los actos vandálicos de estos días en varias ciudades españolas -no en Córdoba, que tiene una izquierda real y concienciada- sean realmente (o solamente) por la libertad de expresión y en apoyo al rapero encarcelado, no deberíamos aceptar sin más que la algarada callejera linarense se debiera solo al incidente, por muy indignante que resulte. Linares, que ha sido una de las grandes ciudades de Andalucía, que fue desde finales del siglo XIX una potencia con su minería de plomo y que tuvo en Santana Motor la potencia industrial que la salvó de una lenta decadencia (como la sufrida por otra próspera y culta localidad minera, en este caso cordobesa, Peñarroya-Pueblonuevo), cuenta todavía con más de 57.000 habitantes que claman por su futuro. Desapareció Santana, se hundió la industria auxiliar, se perdieron empleos cualificados, se resintió el sector servicios.... Hasta El Corte Inglés ha dicho adiós a una ciudad que en su tiempo llegó a tener varias estaciones de tren y que durante más de un siglo ha sido de las más prósperas de Andalucía.

Linares ha salido varias veces a la calle con grandes manifestaciones pidiendo inversiones, ayuda para construir su futuro. Se le han hecho promesas, algún apoyo para recobrar tejido industrial, pero con escaso resultado (aunque algo hay, por el espíritu de estos ciudadanos emprendedores). Cuando, hace unas semanas, Juanma Moreno visitó la localidad para anunciar un plan de acción, el alcalde, Raúl Caro-Accino, le dijo que hacía nueve años que un presidente de la Junta de Andalucía no ponía allí los pies. En una ciudad con más habitantes que varias capitales de provincia españolas.

Linares se ha situado en el mapa estos días de una forma accidentada e indeseable, protagonizada en realidad por un porcentaje muy pequeño de vecinos y de una manera que necesariamente hay que condenar en aras de la civilización, la convivencia y los principios, pero que ha dejado aflorar un descontento profundo, una desesperanza y un sentimiento de agravio que habría que estudiar. Echas un vistazo a la actualidad y encuentras que la vida política ni siquiera aplaca sus peligrosas frivolidades en tiempos de dolor y pandemia, que los ciudadanos no encuentran asidero para sus preocupaciones en un escenario en el que la prioridad es azuzar el odio y la falta de empatía, y piensas si esto de Linares no es un espejo en el que toda la sociedad debería mirarse.