Opinión | El cuerpo en guerra

La vida sigue igual

Casi un año ya. Estamos a poco menos de un mes de cumplir un año del dichoso confinamiento que redefinió nuestras vidas. Mi tía ya dijo ayer en una de las tradicionales videollamadas de cumpleaños: «Estamos repitiendo lo mismo del año pasado.» Bueno, no exactamente. El año pasado a estas alturas podíamos viajar fácilmente, por gusto, entre comunidades autónomas, abrazarse no era considerado un peligro público y las parejas se besaban por las calles. Aún teníamos rostro y no solo ojos y mascarilla.

Todavía no estamos repitiendo lo mismo del año pasado, pero yo soy de las que piensan que llegará o se prolongará indefinidamente este despropósito que ya está afectando a las generaciones más jóvenes (las peques de una amiga no consienten que haya nadie en casa sin mascarilla, ni siquiera su madre, por ejemplo). Ya no abrazo a mis sobrinas ni a gran parte de mis amigas, aunque yo soy de las que preguntan porque yo si quiero -necesito- abrazos, aunque sea paciente de riesgo, esto es, una paciente crónica con patologías significativas olvidada por el sistema que ni siquiera se molesta ya en preguntar cuándo la vacunarán a ella. Tengo aceptado que no lo harán ni a corto ni a medio plazo. Y el largo plazo ha desaparecido hasta quién sabe cuándo y, con él, los planes.

Hay miles de personas autoconfinadas por decisión propia. Yo no lo estoy, aunque identifico en mí ciertas conductas bastante parecidas. Apenas salgo. Solo me siento segura en el barrio, yendo a las mismas tiendas y saludando a las mismas personas. Voy de médicos, como exige mi condición, y los fines de semana paseamos por el barrio. Poco más. Me siento cansada y triste, me da pereza el frío y todo el protocolo higiénico que exige salir y regresar a casa. Hay en mí mucho desgaste, lo reconozco. Y según psicólogas y psiquiatras esta apatía es ya algo generalizado que, poco a poco, nos va alejando de lo que somos y de las personas a las que queremos que sí están a nuestro alcance pero solo podemos ver al aire libre.

Dudo mucho que los factores emocionales de la población sean los que han llevado a nuestra presidenta autonómica Ayuso a devolvernos el toque de queda a las 23 horas y a ampliar el número de personas que pueden compartir mesa en una terraza a 6. En Madrid todo es para y por la economía, que sí, será necesario, pero que mire también por el sector cultural, herido casi de muerte con todo esto y no solo por la restauración.

*Escritora y periodista