Mi hermano se casará este sábado. Él y María lo decidieron durante el confinamiento y fue una decisión tan obvia e inequívoca que se ha convertido en una especie de ley natural: se han cerrado ciudades, se han limitado las horas, han ido desapareciendo salones, las iglesias han quedado fantasmales; y ellos se casan. Es así: no hay ningún cataclismo que pueda impedirlo como no dejan de funcionar la gravedad o el tiempo por un temblor de tierra.

Mi padre murió siendo nosotros estudiantes, de una enfermedad que lo devoró en cuestión de semanas. No tuvo tiempo -y significa que tampoco tuvo, entonces, sensación de un fin inminente, al menos- para repartir sus bienes. Lo abrazamos, se fue a dormir, probó el último aire y expiró. No dejó testamento. Era un hombre culto y austero que, en la tradición bohemia, dejó atrás algunos trajes y sus libros. También una pequeña reserva de artefactos de su familia y reliquias, que realmente siempre habían estado a la vista. Una Parker 51 muy castigada, un par de gemelos, el sello de su bisabuelo, la correspondencia de su padre en el frente y su reloj. Mi padre nunca se puso el reloj de su padre. Lo sacaba de cuando en cuando de su mesilla de noche, le daba cuerda, lo dejaba funcionar y volvía a guardarlo. Cuando tuve quince o dieciséis años, me lo dio.

Mi hermano y yo llevamos el mismo reloj desde hace muchos años. Los compramos a la vez, justo cuando mi hermano se fue de Córdoba para hacer su residencia. De vernos a diario, pasamos a vernos, con suerte, un puñado de veces al año. Nos gustaba ese modelo, de submarinismo, de acero, automático, pesado como un plomo. Me preguntó si me importaba que tuviéramos el mismo reloj, y le dije que realmente prefería, si iba a irse, saber que de cuando en cuando ambos íbamos a mirar y vivir el mismo tiempo. Me consuela hoy todavía, que sigue curando gente a kilómetros de mí, saber que producimos a lo mejor la misma realidad -ojo, esfera, pieles genéticamente hermanas- en sitios distintos, y en cierto modo complicado que al hacerlo estamos juntos. Lo quiero mucho. A veces, cuando venía de visita, le cambiaba el reloj a escondidas por el mío, pero ahora el mío tiene una mella y ya no puedo hacerlo.

Cuando me casé, mi abuela me dio el reloj de mi abuelo (materno), que para entonces también había muerto. Vi ese reloj en su muñeca durante décadas, hasta que se le paró y mi abuela le regaló otro, con más de ochenta años. Así parado lo llevé en mi boda. He tenido estos años los dos relojes de mis abuelos. El mío no funciona, su brillo está teñido de sol y uso y creo que se parece a mí: algo que falla a menudo y sigue produciéndose aunque no es muy necesario. El de mi hermano -porque lo encontrará el sábado limpio y con su correa nueva, guardando perfectamente el tiempo entre blanco y oro y engranajes de un siglo- es justo al contrario: ya no existe, el mundo necesitaría generaciones idénticas a su espíritu y funciona con precisión y lealtad en cuanto tiene un atisbo de cuerda.

* Abogado