Vivimos tiempos difíciles para la verdad. La llegada -y consolidación- de la postverdad a nuestras «democracias emocionales» implica un cambio en las reglas de juego que aprendimos de nuestros mayores y en las que muchos de nosotros crecimos. Las cosas que merecían ser conocidas se publicaban en los periódicos y luego eran replicadas, y amplificadas, por la radio y la televisión. De la misma manera, las personas que tenían algo que decir encontraban un hueco en esos periódicos para generar un ecosistema en el que, la frase es de Arthur Miller, cada mañana una nación dialogaba consigo misma. Y quien dice una nación, dice una comunidad. Si esta provincia sigue existiendo como identidad imaginada en la que muchos como usted, lector, se mueven a diario, es gracias a que un medio como este le da sentido cada día, contándonos lo que una persona debe saber a diario de lo que sucede en estas tierras. Y es que los medios articulan la realidad y le dan sentido. No existe una realidad ahí fuera, objetiva, esperando a que la conozcamos; no, la realidad se construye, como bien saben los científicos sociales. Por eso nuestros valores, nuestras ideas, nuestras creencias, sobre todo estas, se modelan también con nuestro entorno; y sin periódicos que fijen la agenda no tenemos manera de saber lo que es importante y lo que no. Sin información veraz y firmada, volveremos a un neofeudalismo informativo en el que no todos tendrán las mismas informaciones ni oportunidades: no hay más que ver las chaladuras que circulan por ahí relacionando la pandemia causada por el coronavirus con el 5G u otras chifladuras equivalentes.

Como las sociedades no son racionales, el problema está llegando por la parte de la demanda: cada vez hay menos lectores y la ciudadanía presenta una deriva hacia la extravagancia informativa cada vez más acusada. Ello fuerza a la oferta a ofrecer productos cada vez más adolescentes, ideales para lectores sin capacidad de concentración y que necesitan fotos y dibujos para entender los mensajes, un periodismo de guardería en el que el entretenimiento se hace pasar por información sin ningún rubor. Es una espiral aterradora de la que no saldremos indemnes, por eso creo que es de justicia reclamar a las administraciones que ayuden a los medios a detener esta locura. Necesitamos medios fuertes, también de carácter local: son una garantía de transparencia, rigor y, en definitiva, de ciudadanía. Más allá de la publicidad institucional, que aporta poco valor al lector y a la sociedad, hay algunas ideas que las administraciones deberían valorar para ayudar a los medios a pasar esta crisis. La primera pasa por generar suscripciones en lugares donde ello tiene sentido: centros de mayores, institutos, ayuntamientos pequeños, asociaciones culturales con local abierto al público. Leer el periódico de manera comunitaria es una buena escuela para que los jóvenes entiendan dónde hay que buscar las noticias: cada periódico que desaparece de la barra de un bar es un golpe a nuestra manera de entender la democracia, la vida y la libertad. Hay más opciones, claro. ¿Por qué no un programa de becas bien pagadas en la prensa provincial y regional para que jóvenes estudiantes en prácticas, en el último año de carrera, vayan adquiriendo experiencia? Compartimos más de 1.200 kilómetros de frontera con Portugal, y casi 700 con Francia, pero seguimos sabiendo poco del día a día de la vida de nuestros vecinos. ¿Por qué no ayudar a sostener estructuras que permitan a los medios ser de verdad transfronterizos? Ayudar a los medios a tener corresponsales «al otro lado de» se justifica por el valor que tiene a la hora de mejorar el conocimiento mutuo entre ambos lados y las posibilidades que eso genera en cuanto a comercio y desarrollo económico. Y algo similar pasa con Bruselas: ¿de verdad no hemos entendido que es la verdadera co-capital española junto con Madrid? Lo que ocurre allí nos acaba afectando a todos, ¿Por qué no ayudar a que los medios de nuestra comunidad autónoma tengan presencia allí?: no solo informarán a los ciudadanos de la región de lo que pasa en el ecosistema comunitario, sino que, además, explicarán nuestra realidad a muchos de los actores que están allí presentes en el día a día.

Es, en fin, una inversión muy rentable, ahora que hemos descubierto que no todo en la vida son hojas de cálculo a la mayor gloria de los fondos de inversión que controlan las empresas. Déjeme despedirme recordándole lo que Tom Rosenstiel, un veterano periodista estadounidense, nos adelantó cuando dejó escrito que, a medida que la luz de los periódicos se vaya apagando, «una parte de la vida quedará en la oscuridad». Suerte en las tinieblas, caro lector. H