El verano es solo un instante, y el resto del tiempo que la palabra abarca es entorno, presentimiento, reflejo. Un ínfimo puntito de indolencia atenta, cuando la evaporación de angustias y quehaceres deja sitio a un estado de percepción tranquila. El momento podría ser sentenciado así: cuando nada es trascendente, todo es trascendente. Esa identidad de la nada y el todo (y no los trajines, hervores y activismos estivales varios) es el centro existencial del verano. Como ocurre con otras emociones -por ejemplo, el amor-, esto no lo entenderá quien nunca haya gozado de su momento-verano, pero quien sí, sí. No es que antes y después del momento no haya verano, pues a fin de cuentas el 99% de la vida son expectativas y evocaciones, pero una estación solo cobra sentido cuando llega el tren. Suele hacerlo, relajado al fin, en estos días de agosto, justo antes de empezar a marcharse. H