La vida siempre ha sido difícil; ahora, además, es complicadísima. Uno tiene que lidiar con la economía doméstica, los achaques, las hormigas de verano y miles de imprevistos que ralentizan rutinas y obligan a posponer sueños, negocios, oportunidades, satisfacciones. El aspecto psicológico se olvida en el actual escenario paranoide pandemónico. A ningún legislador le importa si tuviste un mal día o mes; ellos se limitan a reducir tus consuelos: el cigarrillo, la cervecita, el ligoteo, prodigando baratas comeduras de conciencia. Pero una cosa es preservar la salud (una sola dimensión del término «salud») y otra muy distinta vivir sanamente; lo cual jamás será posible con un bozal en la boca y cien decretos y medidas en la puerta de casa. ¿Reacción? La gente necesita drogarse y lo hará. Probablemente alcancemos picos históricos en la venta de alcohol, tabaco, marihuana, benzodiacepinas. En ausencia de psicólogos y terapias, mendigando playa, piscina y terraza, ¿qué esperáis? Los nervios comienzan a resentirse; los empresarios, a cabrearse; los políticos, a estar de más. Imagino el día a día de Mengano, enfermo crónico al que nadie escucha, alguien con dificultad para caminar, por ejemplo, pegándose la mascarilla en el ascensor, descubriendo el cierre de su cafetería preferida, inhabilitado para encender allí su pitillo de media mañana, volviendo a casa jodido y triste. Ya no le queda ni esa media hora al mes, esa desconexión en su club de alterne de confianza. Cumple condena sentado frente al televisor, tragando veinticuatro horas de apocalípticas predicciones, de taxativos, capciosos informes asustaviejas: la historia de Fulanito, señor que vuelve a casa tras cuatro meses en la UCI. Esto se llama sucia ma-ni-pu-la-ción de la realidad. «Cuídate por tu bien», tiene que escuchar Mengano, «por tu salud y la de todos». ¿Qué salud? ¿Qué vida? ¿Quiénes son esos «todos» tan importantes? H