La culpa ya es tuya. Te has, como lo llamamos ahora «relajado». Tu «responsabilidad individual», tu «estado de guardia» eran esenciales para llevar una vida patrióticamente sana. Con tu mascarilla egoísta (hay que ver), que apenas vistes, el crimen de que te acusan se llama «desobediencia» (como cuando viviste «por encima de tus posibilidades». ¿Te suena?). Y no tenemos nada claro aún en qué consiste, en hechos, tu terrible falta, pues, por otra parte, has obedecido al pie de la letra el resto de directrices: te frotas las manos con furia, desinfectas el móvil y chocas el codo como buen imbécil. ¿Entonces? Tu pecado es de naturaleza puramente moral: te has relajado. Quizir: has pensado que la cosa no iba contigo, o no era tan grave, y eso que has consumido en hostelería, asistido a exposiciones y conciertos, e incluso cumpleaños, gastando religiosamente en regalos y comida, impuestos incluidos. En definitiva: te has portado como un ciudadano ejemplar, consumiendo y pagando pero, ¡ay!: relajadamente. Y eso no, mira. Te permites bromear, sonreír, poner tu mente en otras cosas (como si hubiera algo más definitivo) en lugar de presentarte con la oficial jeta de circunstancia, oficioso, proselitista de la nueva normalidad, triste y devoto del Gobierno Central, Don Simón y la patrulla nazi guay. Relajadamente intentando normalizar tu vida, a la espera de tu vacuna. Iluso. ¿No te han comunicado ya que la inmunidad también es bulo? Creo que no te enteras, amiga. Esto va para largo y la única opción es agachar la cabeza, obedecer, quemar tus libros. Anímate (solo interiormente). ¿A qué esperas para invertir en químicos y seguridad? Pronto vivirás en el País de las Luces. Una patria de científicos matemáticos ignorantes, encerrados, plastificados. Gente feliz, sana y obediente, en continuo estado de alerta, preparadísima, despierta, capaz de follar sin relajarse. Qué raza, tú.

*Escritor