Podrán quitarnos las calles, los bares, los pasos y las ferias, pero jamás nos quitarán el placer de rascarnos la espalda contra el gotelé. Ni los altramuces al mediodía. Ni esta pueril esperanza. Ni el latido manso de mis hijos, reverberando bajo el pijama, durante sus breves siestas. Ni la luz colándose por las persianas, afilada como los dedos de una bruja, arañando el cuerpo de mi esposa como en un sueño que nadie recordará al despertar. Los hogares no son trinchera. Hay superhéroes desperdigados por el salón. Ceras de colores bajo el sofá. Canciones de Zenón en la tele. Mañanas suaves y noches tercas. Cuesta dormir, a veces, porque no tengo dios al que rezar y el techo no responde a mis llamadas.

Los homenajes espontáneos a Eva Nasarre. Los murales arcoiris. Los DJs. Se han poblado las azoteas. Encuentros clandestinos y lejanos. Apretones de manos reducidos a un alzamiento de cejas. Una cándida desconfianza. Hemos cambiado lo de aplaudir al piloto de Ryanair tras el aterrizaje por ovacionar a los que día a día se juegan la salud, y a veces la vida, por los demás. No está mal. Algo está cambiando en nuestro interior. Tímidamente. Como el garbancito envuelto en algodón que dentro de un vaso de yogur estalla en frágiles tallos. Tengo cuarenta años recién cumplidos, hace mucho que enterré en el jardín el cadáver del optimismo, pero no negaré que esta estampida de bondad y unión me ha dado pellizco. Saldremos a la calle en unas semanas, y volverán el claxon y las prisas; nuestra vida, ese paseo perezoso por el almanaque. Pero yo que sé. Soñar. Por qué no. Sentirnos vulnerables, aligerar la carga, abandonarnos selváticos al amor.

Mi patria es la terraza. Un rectángulo al sol, habitado por cubos de fregar, muñecos sin brazos y balones desinflados. Ahora es un tesoro ese rincón sin paredes, acariciado por la claridad, fresco aún, minúscula gloria a la que muchos renunciaron para sumarle metros al salón. Albañiles y sicarios. Qué será de esos hogares huérfanos de balcón. Con estanterías llenas de libros que nadie leerá, cuberterías de plata negra, botellas de peppermint y baileys por la mitad, ocupando el espacio de este pulmón arquitectónico donde el café sabe mejor, los niños ríen más alto y la sonrisa de María crece hasta fundirse con el cielo. Quién iba a decir que la «España de los balcones» de la que hablaron los políticos en campaña desembocaría en este alivio mundano. En esta troglodita búsqueda de luz.

Sigue muriendo gente y el confinamiento salva vidas. Se habla de guerra. No entiendo la analogía. Al menos yo no estoy en el frente. Tengo una lata de cerveza en la mano y cientos de películas en televisión. Voy en chándal. Ando en calcetines. Escribo por las noches. Engordo y ronco y leo. Fliparse es más humano que comer. Hay quien cuenta este encierro con una épica que no merece. Sólo soy un ciudadano obediente. Son otros los que se exponen al virus para intentar aliviar el dolor. Enfermeros, médicos, dependientes de supermercado. Hay también policías, y hasta soldados, de los de verdad, pero no hay guerra si no hay dos bandos. Estamos nosotros y, enfrente, la enfermedad. Vulgar e implacable. No hay nada más fugaz que un héroe. No hay nada más fatigoso que creernos más de lo que somos. Queda un mundo por delante. Habrá dolor y luego un brochazo de luz. Mientras tanto, haré lo que mejor sé hacer: no estorbar. Sentarme en la terraza, beber café, esperar.

* Escritor