Ironías del destino... Meses preocupados por un cambio climático imposible de detener, porque no estamos dispuestos a reducir nuestras comodidades, a cambiar ni un ápice nuestro modo de vida basado en la producción y el consumo de energías no renovables, generando toneladas de gases de efecto invernadero. ¡Era impensable echar el freno, parar la producción industrial y los transportes, incluso nuestro ocio!

Y de repente, lo que no han conseguido las grandes cumbres internacionales de dirigentes mundiales en el ámbito económico, lo ha conseguido un insignificante conjunto de moléculas... un ARN envuelto de proteínas y algunos glúcidos. Un virus desconocido, del que aún se conjetura acerca de su origen, de su comportamiento, de su posible estacionalidad, de su capacidad infectiva o su letalidad. Lo de menos ahora mismo es cómo se formó, lo que importa es cómo controlar su expansión y cómo está cambiando nuestro aparentemente estable y seguro modo de vida, pero ahora tan frágil a la vista de los acontecimientos.

Desde que comenzamos a oír hablar de esta infección, acompañada de imágenes de ciudadanos chinos enfundados en mascarillas y trajes de protección, que más bien parecían sacadas de una película de ciencia ficción, hasta que nos hemos visto a nosotros mismos viviendo esta pesadilla, apenas han transcurrido dos meses. Y en un abrir y cerrar de ojos se pone patas arriba todo nuestro esquema mental y rutina de vida diaria.

Diez días ya de confinamiento, de aislamiento social, de incertidumbre, de tensión, de miedo, de dolor para las familias que ya han sufrido alguna pérdida... Terrible situación sobre todo para nuestros mayores, que vivieron una guerra, pasaron décadas muy difíciles y ahora, en la senectud, cuando al menos gozaban de una tranquilidad y una pensión, más o menos digna, no sólo tienen que vivir una crisis económica en la que se ven obligados a volver a sostener con sus escasos recursos a hijos y nietos, sino que para rematar, llega esta pandemia, que los sitúa en el grupo de mayor riesgo, como si de una broma macabra se tratase. Tenemos que poner todos los recursos posibles para protegerlos, porque se lo merecen.

Los seres humanos tenemos una capacidad infinita para aprender, para readaptarnos, y esta trágica situación también es una gran oportunidad que se nos ofrece para reflexionar qué hemos hecho con nuestro mundo, con nuestro planeta, con nuestras vidas... y elegir qué queremos hacer a partir de ahora.

De pronto, resurgen con mucha fuerza valores como la libertad, la compañía, el amor, la comunicación verbal, la solidaridad, la paz... De pronto, nuestra maltrecha escala de valores de una sociedad basada en el consumismo, la velocidad, el estrés, el egoísmo, la falta de comunicación, la falta de tiempo para la familia... donde casi todo se compra o se vende, donde eres según si tienes o no... se tambalea y se empieza a derrumbar, para permitir aflorar al humanismo.

También una oportunidad para reconciliarnos con el planeta. En estos días de frenazo productivo, la calidad del aire que respiramos ha aumentado considerablemente, el consumo eléctrico y de agua han disminuido. Cuando la emergencia por la propagación del covid-19 desaparezca, comenzará de nuevo la actividad industrial y de transportes, pero quizás podríamos cambiar un poco nuestro modelo... Quizás podríamos potenciar la industria agroalimentaria en nuestros municipios, para disponer de un mercado de cercanía, donde la calidad de los productos sea mayor y no necesitemos combustibles para trasladarlos; quizás podamos usar sobre todo fuentes de energía renovables; quizás podamos reutilizar en gran medida ropas y enseres domésticos para comprar menos; quizás podamos fabricar artesanalmente productos y disfrutar con ello (cuanto ingenio y satisfacción en nuestros niños y niñas se el pasado día del padre, diseñando y elaborando regalos con materiales caseros, porque no podían ir a comprar cualquier objeto a una tienda...); quizás, y sólo quizás, seamos conscientes de que no somos más felices acumulando más dinero y productos, sino estando más sanos, pasando más tiempo con nuestras familias y amigos (estamos retomando las conversaciones telefónicas, casi abandonadas por los breves e inexpresivos mensajes de whatsapp) y disfrutando de paseos por parques y jardines (que ya en muchas ciudades brillan por su ausencia).

Convirtamos nuestra ciudad en un gran jardín, en un pulmón de aire limpio, en un lugar sano y amigable para sus habitantes. Y si algo estamos valorando en estos días, con mucha diferencia, es nuestro sistema público. Quienes opinaban que lo público era un error... ¿qué tienen que decir ahora de los recursos públicos para dar de comer a tantas familias que se van a quedar sin nada, ayudar a remontar a empresas para volver a generar trabajo... y muy especialmente, de esa Sanidad Pública, ¡ésa que nos está salvando la vida!?. La que en algunos sitios ha sido maltratada en los últimos años, como ejemplo Madrid, cerrando plantas de hospitales, despidiendo a médicos y demás personal, recortado en recursos materiales de todo tipo... ¿Estarían sufriendo la trágica situación actual, si estos recortes no se hubiesen producido?, seguramente habría sido bastante menos dramática.

Quiero terminar con un reconocimiento de corazón a todas las personas que están trabajando fuera de sus casas para que todos podamos comer cada día, especialmente los grupos más necesitados, para atender a las personas dependientes, para cubrir todos los servicios mínimos de limpieza, de transporte, etc. y, sobre todo, los sanitarios que arriesgan su vida cada día para salvar vidas. Y a todas y todos que, con su ejemplar conducta cívica, permaneciendo en casa, colaboran en detener la propagación de este cruel virus.

¡Entre todos saldremos de ésta! #Yo me quedo en casa.

* Portavoz de Podemos en el Ayuntamiento de Córdoba