La información en España entra en modo de crónica de guerra: todo es covid-19, sus efectos y desgarros. Los periódicos y las radios (las redes sociales es otra cosa, eran ya la guerra, intoxicación y mentira) se manifiestan de forma muy similar a sus predecesores europeos de la segunda gran guerra que estudiamos en las aulas de periodismo: les vale el movimiento de una única bala. Se diferencian, eso sí, en que no se aprecia el impacto patriótico (nacionalismo) y mantienen, por el momento, un sensacionalismo moderado en general. La oposición política no cejará en responsabilizar de todo (lo peor) que ocurra a Pedro Sanchez y su gobierno, a pesar de que la sanidad pública con sus recursos es competencia exclusiva de las Comunidades Autónomas, también donde la derecha gobierna.

En este estado de alarma nacional (miles de afectados que llegarán muy pronto a decenas de miles y centenares de fallecidos, que serán miles), un sistema sanitario a punto del colapso y escasamente dotado) alguien, o algunos, deciden colocar en el centro mismo de la angustia nacional la nota sorprendente de que el rey Felipe VI renuncia a la herencia que pudiera recibir de su padre por sospechar que trae veneno: ese dinero (decenas de millones de euros) puede venir de una trama corrupta. Así que el rey hijo deja desnudo al rey padre ante los fiscales anticorrupción y la Audiencia Nacional que le viene siguiendo desde hace tiempo.

Felipe VI hace lo que no se atrevieron PSOE; PP; Ciudadanos y otros partidos menores en el Congreso al compartir el dictamen de los letrados de la Cámara que advierte de la inmunidad de don Juan Carlos cuando, supuestamente, se cometieron los hechos que investigan y le imputan. Además, confirma el axioma de que la defensa de la Corona está muy por encima del deber y respeto que deben los hijos a los padres y viceversa. Porque en el predio de las casas reales, donde ese ramalazo divino de los monarcas no ha desaparecido del todo, ser o mantenerse rey está por encima de casi todo, incluso de la moral y puede que de la ley.

Quienes aconsejaron colocar el comunicado de la Casa Real -previa filtración controlada a un medio de comunicación- en medio del rugir de sirenas que es nuestro país hoy, acertaron en que la noticia bomba no sería la portada dominante por días y semanas, pero también deben de haber pensado que este diamante informativo y fulminante político, difícilmente se va a aparcar. Esa «era de limpieza» que algunos lanzaron nace unos años con fiereza y que la sociedad en su conjunto hace suya ya, llegó y no se ha ido de la Corona.

La impresión es que el Gobierno socialista está bien implicado en el nuevo y espectacular episodio monárquico. Las monarquías de Occidente -salvo excepciones honrosas o milagrosas- están en el alero desde que la guillotina segó el cuello de Maria Antonieta a finales del XVIII. No es este el caso. Ocurre que las sociedades modernas solo las toleran si les resultan útiles. Quizás lo más útil que puede hacer ahora Felipe VI por su país es proceder a una limpieza profunda en casa y mantenerse él y a los suyos impolutos.

* Periodista