Max deshizo la mochila por séptima vez, dispuesto a sacar un último objeto innecesario. Al final ordenó cuidadosamente una caja de medias de nailon, su brújula, una linterna, cerillas impermeables, tapones para los oídos y un mechero. Acomodó un rollo de bolsas de basura, una botella de dos litros de agua y un cazo pequeño, lleno de geles de glucosa. O dejaba fuera la manta térmica, de aluminio brillante, o el cuchillo de caza. Suspiró. Se enganchó el cuchillo al cinturón y dobló cuidadosamente la manta, devolviéndola al interior y esperando no arrepentirse más tarde. Sacó un fajo de billetes del cajón de su escritorio, lo dividió y metió la mitad en el bolsillo frontal de la mochila.

Llevaba años preparándose para este momento. No era inteligente, pero no era tan tonto como para no saberlo. Estaba dispuesto a proteger una sola idea, porque las demás lo entorpecían. Un plan sencillo, sin grasa: esperar a que la civilización cayera por su peso, como caen las casas en las que no se vive. Reconstruirlo todo desde cero. Tener comunidades pequeñas, tribus, dedicadas a cuidarse y respetar los papeles de todos. Ahí estaban, «especializándose» (la especialización es para insectos), cada vez más ignorantes y domesticados, más crédulos, más anónimos. Dependientes de teléfonos que no saben reparar, de trabajos para robots, solo imitar y memorizar, imitar y memorizar, masticando para la máquina. Él quería que todos se dieran cuentan de que la civilización es una enfermedad, un cáncer de la libertad. Libre, libre, libre. Siempre que le habían dicho que era libre lo habían encadenado más pesadamente. Siempre un vasallo de alguien que le explicaba por qué estaba equivocado, que tenía poder sobre él porque sí, sin más, sin que le preguntaran, porque el resto lo había decidido. Pero él también podía decidir. Momento a momento. 2008: a la calle tras siete años de contar dinero ajeno en un zulo. Y decidió. Veinte kilos menos. Cien flexiones al día. 10 kilómetros por mañana. Un cubo de hormigón, de muros más gruesos que su altura, en la parcela de sus padres, carretera de las ermitas arriba, cerca de Las Jaras. Una mochila en la que meterse él mismo, como un útero del nuevo mundo, forrado de tarros de miel, leche en polvo, sal y harina envasada al vacío. Latas de carne, fruta y sopa, y garrafas de diez litros de agua por cientos, relucientes, un lago personal y secreto que pasaría gota a gota por su garganta.

Su móvil vibró. -«¿Entonces quieres que vaya?»

Estaba preparado para pasar su cuarentena. Cuando el gobierno dijo que el coronavirus no era grave, supo que la amenaza era real. Pero después de doce años, maldita su suerte, no podía cambiar el mundo solo. Con ella fuera, no.

-«Nos vemos en la parcela, mando ubicación».

Llegó temprano y repasó el inventario. Pensó en un tema de conversación para ella. Con mucho retraso, con demasiado ruido, Catalina apareció ante su vista. Un desconocido risueño le pasaba el brazo sobre los hombros.

* Abogado