Si a cualquier amante de la música clásica basta decirle «sol sol mi» para que de inmediato identifique la Quinta de Beethoven a cualquier buen aficionado al cómic le bastarán estas palabras para, de inmediato, saber de qué va el tema. «Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho tiempo. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta...». Es la primera viñeta de una de las sagas de aventuras gráficas más famosas del mundo. Su personaje principal aparece pocas páginas después, atado a una balsa y abandonado a la deriva por una tripulación amotinada. En la ficción es el Día de todos los Santos de 1913. En las Fidji «Tarowan», el día de las sorpresas. En la vida real mediados de 1967. Guardo algunos de sus álbumes como oro en paño.

Quizá para muchos cordobeses haya sido una sorpresa encontrar entre las propuestas de nuevos nombres para el controvertido cambio de denominación de algunas calles el de Corto Maltés. Toda una singularidad por tratarse de un personaje de ficción salido de los lápices de Hugo Pratt. Hijo de una gitana, la Niña de Gibraltar, pródiga en belleza y amoríos, y de un marino inglés con reminiscencias artúricas de Tintagel y Cornualles, Corto nació en La Valeta pero pasó su niñez en la Juderia cordobesa de la que rememora «un patio siempre en flor, el perfume de rosas y geranios y los sugestivos juegos de luces doradas que dibuja el sol sobre ellas, el agua de la fuente y un suelo de azulejos, según el discurrir de las nubes». Una Córdoba en la que un rabino llamado Ezra Toledano le adentró en los secretos del Talmud y de la Cábala y en la que una gitana, al tratar de leerle la mano, descubrió asombrada que no tenia línea de la fortuna. Corto lo arregló de inmediato. Volvió a su casa cogió la cuchilla de afeitar de su padre y se fabricó una a su gusto.

Con tan sencilla acción quedó definido un personaje a que, a lo largo de miles de viñetas, se ha convertido en un icono mundial del género compartiendo aventuras con toda clase de personajes ficticios o de la vida real --como Jack London, Stalin, El Barón Rojo o Billy el Niño por poner tan solo algunos ejemplos-- y en toda clase de lugares, sin desdeñar por ello bucear también en temas fantásticos o legendarios vinculados por ejemplo al rey Salomón o al Continente Perdido de Mu. Aunque, dado el agitado mundo que le toca vivir, frecuente más escenarios como la guerra ruso japonesa, la rebelión de los bóxers, o la primera guerra mundial.

Córdoba acogió la figura de tan ilustre vecino y a su creador durante unas jornadas del cómic allá por 1990 (en las que, si la memoria no me falla, unas viñetas de Nazario centraron toda una polémica al negarse una imprenta local a imprimirlas; pero esa es otra historia). En lo que aquí toca se presentó en ellas un portafolio formado por doce bellas acuarelas que recogen a Corto («...cuando puedo voy a Córdoba durante las dos primeras semanas de mayo cada dos años...») en los ambientes antes evocados. Incluida la Mezquita de la que no se recata en decir «cada vez que admiro su bosque de columnas siento un sordo resentimiento al pensar en la armonía que el exceso barroco de los obispos rompió». También Pratt, de ascendencia sefardí, que había visitado illo tempore una Córdoba «entonces con alma» se lamentaba, años después, de que hubiera perdido «su misterio poético profanado por el turismo».

Hoy las historias de este marino de cara aniñada, largas patillas y arete dorado en una de sus orejas, están traducidas a más de veinte idiomas, han sido llevadas al cine, a la televisión, la publicidad, las camisetas o los sellos de correos. Ha sido objeto de canciones, tesis y exposiciones. Mitterrand no se cortaba en afirmar que le hubiese gustado ser Corto Maltés. Y uno de los grandes expertos en cultura de masas como Umberto Eco afirmaba que si para relajarse leía a Engels para reflexionar echaba mano del personaje de Pratt. (Por cierto, no dejen de releer estos días su ya clásico libro sobre cómo realizar una tesis. No solo se divertirán sino que entenderán algo mejor lo que está pasando).

Lástima que de aquellas jornadas no se derivara una aventura de Corto Maltés en Córdoba, cuando había suficientes elementos para ello. Un honor que, por ejemplo, sí le cabe al Capitán Trueno quien protagonizó en nuestra ciudad la acción de un cuadernillo especial custodiando un libro de Averroes (y hasta evocando unos versos de Ibn Hazam). Hubiese sido una oportunidad de oro para colocarla en la élite del cómic mundial. Y aunque posiblemente el actual no sea el momento ni el contexto adecuado para plasmar la propuesta realizada, los anteriores parecen méritos cuando menos a considerar para que en el futuro este singular marino deje inscrito su nombre en el callejero de la ciudad que marcó su niñez. ¿Que tal un Tarowan de estos...?

* Periodista