Opinión | No me digas...
Los vértices de Paco Onieva
No hubiera dicho nadie que lo conozca que Francisco Onieva sea hombre de vértices, al contrario, se nos muestra Onieva asiduamente sin aristas, pulido el romo borde de los límites de las cosas, desbastado de ángulos agudos, acogedor en sonrisas interminables y afectos. Pero este ya enorme poeta de nuestra provincia vuelve a ganar premio (¿cuántos van ya, Paco?), premio importante, que desde Adonáis a Cáceres le lleva --a través de relatos y prosas en incursión brillante-- hasta este último poemario que desgrano de tinta a latido y que no hace mucho recogió el premio rotundo e inapelable del Jaime Gil de Biedma. Y lo titula Onieva, este libro que se nos desliza como ardiente escarcha desde el alma masculina de la paternidad hasta los pies que se hunden en la tierra de lo hermoso y lo real, nada menos que como Vértices. Y entonces, cuando lo ojeas y lo hojeas, te lo explicas, y, luego, cuando miras sus páginas como una ventana abierta hacia la humanidad y al pálpito asombrado del hombre ante el misterio de la descendencia, entonces es cuando ya no ojeas ni hojeas, entonces es cuando bebes en la crátera azul de la dicha del hombre, y te embriagas. Este Vértices de Francisco Onieva, poeta natural de Córdoba que habita hace siglos el amor de Los Pedroches, primero en Villanueva del Duque y ahora en Pozoblanco, grita más que canta a la punta de esos vértices en los que uno intenta conservar el raro equilibrio al que la vida te sube --y te empuja-- como padre, como hijo, como nieto en la desolación de pérdida del referente de unos momentos, acaso de una tarde, de unas aves. En versos tan exactos, tan directos, de Onieva, observamos la argamasa del amor primigenio, de ese amor que desconocemos que se oculta, avergonzado, en rincones que desconocíamos, y que sale brincando de miedo, de incertidumbre, al observar, al acurrucar, al construir el castillo de arena, al mirar la mirada que mira unos álamos, al sentir la carne de nuestra carne dormida en la geografía de nuestro propio cuerpo. Francisco Onieva nos regala, nada menos que al hermoso cuidado de editorial Visor, estos sus Vértices; aceptemos el regalo y abracémosle en silencio.
@ADiazVillasenor
* Profesor
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