La aproximación por vía anecdótica a los temas trascendentales suele ser muy provechosa. Antes de trivializarlos con una simplificación abusiva, es el mejor camino para personalizarlos y socializarlos. Sin perder de ordinario su complexión y estatura doctrinales, dicha senda los introduce a menudo en el debate más generalizado entre los estamentos populares, legitimados y reclamados desde todos los ángulos para hacer oír su opinión frente a sus expresiones más extendidas.

Y nadie negara, desde luego, que la «cuestión catalana» tal y como se proyecta hodierno en el conjunto de nuestra sociedad es una de las de mayor densidad política e ideológica, así como de impacto e interés colectivos, ante la que a nadie está permitido la omisión. En medio y a través de los asuntos más candentes que forjan la actualidad nacional de estos días estivales, la mencionada goza del estatus de privilegio que lograra ha más de un año, sin que ningún indicio solvente acerca del inmediato porvenir le prive de él... A lo largo del futuro atisbado con alguna nitidez desde el presente, Catalunya, sus gentes y vicisitudes, centrarán hasta la obsesión la mirada de los españoles al sur del Ebro.

Poco tiempo atrás, en la ciudad de prodigiosa belleza en que el cronista recorre el postrer tramo de su andadura se desarrolló un sabroso y muy significativo diálogo, relatado a aquel por una persona de su intimidad y que, recordando las buenas enseñanzas que recibiera en sus clases de alumno de historiografía en la inolvidable Universidad de Sevilla de los años 50 del siglo pasado, trascribe fielmente para preservar su valor documental. «Qué país tan hermoso tienen ustedes», elogiará a un joven taxista uno de los integrantes del matrimonio o pareja que transporta en su vehículo desde el centro a la periferia de la urbe. «No, Andalucía es mi comunidad; mi país, es España» --«Ya empezamos a discutir...», le atajó su cliente e interlocutor. «No --prosiguió el taxista--; yo cuando voy a Francia, manifiesto que soy español; cuando me encuentro en Salamanca, expreso que soy andaluz y cuando me hallo en Málaga, que soy cordobés...».

Dado el genio del citado conductor, es seguro que sus palabras carecieron de acrimonia o aspereza y todavía menos de altivez. Al hablar así revelaba tan solo un talante crecientemente extendido en la juventud respecto al híspido contencioso que lastra a la fecha innumerables energías del cuerpo social. Cansados de actitudes elusivas que no llevan a parte alguna, sus miembros se muestran abiertamente adictos a posturas presididas por la claridad como única o mejor fórmula para que el indispensable diálogo a una y otra orilla del Ebro se asiente en firmes cimientos. Ojalá que mediante su apuesta se alcance la meta deseada ardidamente por la gran mayoría de sus conciudadanos. Entretanto, y a la espera de unas jornadas que serán graves e inquietantes, su opción propicia, moderadamente, cierto optimismo cara a un feliz desenlace para los identificados con la gran patria española en que tuvieron la fortuna de nacer. H

* Catedrático