Entre las muchas definiciones que se han dado de Madrid desde los días en que recibiera su credencial capitalina de lo hispano por aquel gran rey que encarnó acaso con mayor plenitud que ningún otro gobernante su esencia más genuina, hasta el conturbador otoño de 2015, tal vez ninguna más bella y honda que la salida de la pluma del poeta del sevillano palacio ducal de Dueñas, tan admirado en lo estético por el emborronador de estos renglones: "Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena/, rompeolas de todas las Españas...". Siempre lo fue, mas quizá nunca con el vigor, el empuje y la conciencia plenificante del primer tercio de la centuria pasada. Una nación afanosa por superar el rezago que supusiera en el camino de su modernización el furor bélico y fratricida que impusiera su horrenda ley a través de casi todo un siglo, se esforzó en dicho periodo por cubrir metas ambiciosas y alcanzar objetivos ilusionantes con celeridad llamativa. Y desde Madrid partieron incesablemente no solo normas, reglamentos y dictámenes, sino también entusiasmo patriótico, impulso integrador, loanza del mérito y el trabajo allí donde revelasen sus mejores efectos para la regeneración de un pueblo identificado --boutades literarias y supuestos agravios aparte-- con sus élites, radicadas en proporción subida en una capital que cumplía con solicitud y perfección crecientes e indesmayables sus funciones de corazón y motor de un país auténticamente en marcha hacia el progreso y la grandeza.

La capacidad así de atracción de la capital de las Españas alcanzaría uno de sus vértices en el tramo cronológico aludido, espejo y escenario de la empresa palintocrática de un pueblo remecido por fuerzas incontenibles de altura --excelencia, se diría ahora-- y superación. Como es bien sabido, tal proceso modernizador tuvo en la urbanización su pieza de mayor calibre y a la vez más decisiva. Comenzado con energía en la etapa final del ochocientos entrojó en las fechas antecitadas sus mejores logros, hasta el extremo de haberse afirmado con exactitud que la España contemporánea es fruto de las grandes transformaciones estructurales puestas en marcha y dinamizadas desde Barcelona, Valencia, Málaga, Sevilla, Vigo, Bilbao, Zaragoza y Madrid, junto, claro es, con las iniciativas radiadas a partir de otros centros capitalinos de expansión continuada, a la manera, v.gr, de Oviedo o Valladolid o Las Palmas. Tan alentador proceso propició rivalidades intercapitalinas en extremo plausibles para el adelanto del país, descollando el pugilato entre Madrid y Barcelona, saldado en sus estadios iniciales para la urbe condal con el indiscutible ascenso y estatus de cosmópolis europea --seguramente, la más importante de todo el Mediterráneo, Estambul incluida--, pero favoreciendo de igual modo la adquisición por Madrid del de cabeza, en verdad, capitalina de una nación de estándares ciertamente europeos. Superada la crisis noventayochista, el país se enriqueció a ojos vistas, sobre todo, durante y después de la Gran Guerra, cuya neutralidad del lado español llegó a decantarse en una espectacular prosperidad general, aumentada y corregida, tras una breve recesión, en la primera dictadura militar española del novecientos, fastigio de la inmensa implantación y desarrollo capitalistas del veintenio precedente.

* Catedrático