Siempre, desde muy niño, desconfié de la educación que estuve recibiendo en aquellos años turbios y neblinosos donde la libertad era un fantasma revoltoso y honesto cerrado bajo llave y la vida tenía el color y el olor gris de la luz de la tarde en la pared de un camposanto. Siempre quise vivir a mi modo y a mi aire. Nunca acepté la subordinación ni el afán codicioso de la competitividad, ese tener que luchar tumbando al otro para obtener así el primer puesto y recibir todos los aplausos, mientras al otro, al de atrás, se le condena al rincón más umbrío y oculto de la escuela. Esa fue, y aún lo es, la educación terca e inhumana inspirada en las bases de un capitalismo que ensalza a los fuertes hundiendo a los de abajo, como explica muy bien el escritor César Rendueles en Capitalismo canalla , una obra espléndida que leí hace unos días absorto y subyugado no sólo por lo que dice, muy enjundioso, sino también por el modo de expresar sus indiscutibles y sólidos argumentos en un estilo límpido y brillante.

El libro de César muestra el paisaje deprimido a nivel social y económico que vemos y a diario sufrimos en este trágico país, donde, según las últimas noticias, los 20 más ricos de la población tienen el mismo dinero que el 80 % restante, un dato sórdido que explica la situación que hoy nos ahoga. Nuestro futuro, si todo sigue igual (como decía la canción de Julio Iglesias) y a nivel nacional no hay un cambio de timón, a mi modo de ver carece de horizonte. La perspectiva que se nos presenta es muy similar a la del erizo acorralado que, tras haberse enrollado torpemente, deshace su bola y huyendo de sí mismo acaba adentrándose en un zarzal en llamas. El ochenta por ciento de los españolitos, tras haber soportado cuatro años austericidas, enrollados en la bola de la precariedad, ruedan a contracorriente, pese a todo, hacia las enormes fauces de un zarzal convertido en una incombustible hoguera. Y después de las llamas, llegan las cenizas. La situación de España es asfixiante.

Este es el paisaje después de la batalla, el que sigue acechándonos en medio del camino y nos engullirá fortuitamente si sigue imperando la política económica basada en el austericidio deleznable que, auspiciado y teledirigido por la Merkel, aquí se fraguó en un oscuro cuatrienio donde echaron raíces, junto a la desigualdad, la injusticia social y la brutal desesperanza de millones de hombres y mujeres sin futuro, sin ilusión, sin casa y sin trabajo. Las medidas políticas ceñidas al capitalismo siempre producen dolor, precariedad. Uno siente tristeza por pertenecer a un país que, atendiendo a lo que reflejan las estadísticas, en relación con los pobres que sustenta, disfruta el segundo puesto a nivel de Europa. Y, aún así, quienes han fomentado la pobreza, como augustos faisanes en un bosque deshojado, siguen sintiéndose piezas imprescindibles para sacarnos del atolladero en el que nos ha hundido su mala dirección fomentando medidas y ajustes miserables.

Contratos basura, recortes de derechos, mutilación de sueños y libertades, son los ejes que el ciego poder capitalista, tras haber sustentado el fantasma de una crisis ideada y urdida por los popes de la banca, ha terminado imponiendo en esta Europa madrastra y cainita, de dos o tres velocidades. La troika ha impuesto la política del miedo. En el libro de César Rendueles hay un pasaje donde explica el momento umbrío que vivimos, la pura visión del capitalismo más abyecto, mostrando la situación en que se hallan las trabajadoras de un centro comercial a las que se les prohíbe ir al baño durante su rígido horario laboral. De tal modo que las cajeras de ese centro, con el fin de evitar mojar sus prendas íntimas, están condenadas a hacer uso diario de pañales, lo que en ellas ha causado tal estado de ansiedad que han necesitado la ayuda de un sicólogo. En otro fragmento oportuno de su libro, César Rendueles anota lo siguiente: "En algún momento los incentivos salariales, la ética del trabajo y el miedo al hambre colonizaron nuestra alma". Cuando el dictador Pinochet alcanzó el poder, la primera medida que acometió fue subir el precio del pan de 11 a 40 escudos y congelar los salarios, lo que propició que el pueblo chileno se hundiese en la miseria. En los últimos años, hemos asistido aquí a algo parecido: la congelación de pensiones, bajadas de sueldo, los míseros contratos acabaron sumiéndonos en la desesperanza.

* Poeta