La política era esto: ni vieja ni nueva, sino sentarse, a secas, en las sillas que mueven el espacio curvado de la conversación. Hemos escuchado hasta la saciedad la proclama de los partidos emergentes, esa especie de crédito moral que parecía gastado en los grandes partidos, pero Ciudadanos y Podemos han mostrado que eran como el resto, prestidigitadores de sus propias palabras para esconder la carta y saltarse el tapete. Es verdad que estas elecciones se ha hablado como nunca de propuestas. Pero al final tanto Pablo Iglesias como Albert Rivera han sacado otra cara de su moneda, una suerte de redefinición en el matiz para reconducir la situación hacia un abismo propio. Porque en el último momento Albert Rivera anunció que se abstendría en la investidura de Rajoy, con lo que votarlo allanaría el camino al PP: un mensaje contrario, en cualquier caso, al vendido en su humo líquido los meses anteriores de refundación del centro democrático. Pero Rivera, al menos, lo anunció dos días antes; Iglesias ha sorprendido a sus votantes tras las elecciones, convirtiendo una de sus propuestas --un referéndum en Cataluña que a nadie importa fuera de Cataluña-- en una línea roja irrenunciable para un pacto de izquierdas. ¿Pero esto qué es? ¿Nueva política, o artimaña para reventar al PSOE? Con el tablero bloqueado, ni siquiera el diálogo propuesto por el Rey podrá ser la llave de un pasado abolido. Tras reivindicar el bien común, como profetas de la equidad política, estos nuevos partidos también parecen dispuestos a quemarnos en su Juego de tronos mientras la realidad nos pasa por encima.

* Escritor